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Full text of "Historia abreviada de la literatura hebrea"

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ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

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MARCO-ANTONIO SALUZZO 



HISTORIA ABREVIADA 



DE LA 



LITERATURA HEBREA 






CARACAS 

TIP. DK RÓMULO A. GARCÍA & Ca. 

1902 



NUEVA OBRA 

DE 

DON MARCO-ANTONIO SALUZZO 

Si pudiéramos dejar la superficie de la tierra, y 
subiendo por los espacios nos fuese dado llegar á tanta 
altura que dominásemos por una parte la gigantesca 
convexidad del planeta y por otra la majestuosa inmen- 
sidad del firmamento, experimentaríamos emoción aná- 
loga á la que hemos sentido al leer ciertas páginas de 
la Biblia. Hay muchas obras en que admiramos gran- 
dezas: sólo en la Biblia sentimos el Infinito; muchos 
pensadores y poetas nos levantan hasta hacernos ver 
grandes los horizontes de la vida, que medimos por 
nuestra propia persona: sólo "la Biblia nos hace subir 
tanto que vemos la vida estrecha y sentimos la eternidad! 

La Biblia es un libro único. Detrás de la expresión 
directa de sus versículos hay algo oculto que nos sub- 
yuga. Sabemos que tras el sentido literal de sus pala- 
bras hay un sentido místico profundo; y es en ocasio- 
nes tan perceptible la existencia de esa misteriosa sig- 
nificación, que el mismo lenguaje que por ella aparece 
sublime, resulta sin ella inexplicable; vése claramente 
en tales casos que si se le priva del sentido místico, 
aquel lenguaje grandioso se halla despojado también de 
todo otro sentido : tal sucede por ejemplo en muchos 
pasajes sublimes del Cantar de los Cantares. 

El Antiguo Testamento tiene además para su recta 
inteligencia dificultades graves para los lectores que, 
ora ignoramos la lengua hebrea y sus formas idioma- 
ticas peculiares, las cuales según se nos enseña, han 
pasado á las versiones sucesivas que del texto original 
se han hecho; ora desconocemos las costumbres propias 






de las diferentes épocas á que corresponden los varios 
libros, en los que sus autores se dirigian á sus contem- 
poráneos. 

En la narración de los hechos pasados, en la pre- 
dicción de los sucesos futuros, en las máximas de sabi- 
duria moral, en las alabanzas y preces al Ser Supremo 
ó en la representación de sus divinos atributos, en la 
pintura del hombre justo ó en la execración de la per- 
versidad, en todo cuanto en aquellas misteriosas pági- 
nas se encierra percíbese siempre algo austero como la 
virtud, y sencillo como la verdad, y siéntese un arte sin 
artificio, de formas extrañamente hermosas en que la 
estética humana, animada por un soplo divino, adquiere 
excepcional grandeza. 

Ora nos sorprende la poca importancia con que se 
pasa sobre sucesos que nuestra falseada fantasía hubiera 
querido ver presentados con grande aparato; ora nos 
pasma el poder con que en brevísima frase se compen- 
dia lo que no hubiéramos creído decible sino en prolon- 
gadas perífrasis ; ora nos deja pensativos el presentár- 
senos en su verdadera magnitud hechos ó ideas que ha- 
bíamos tenido en nuestra necedad por haladles, no 
menos que como la lente telescópica nos revela un 
mundo en lo que nuestra ignorancia habla tenido por 
insignificante chispa luminosa. 

Por manera que tras las dificultades externas de la 
ignorancia del idioma y de las costumbres y sentimien- 
tos de la época, que explican gran número de alusiones, 
figuras y simbolismos, existe lo extraño de la estética 
bíblica, de cuyo espíritu es preciso poseerse para sentirla 
en toda la sublimidad de su poder. ¿Cómo puede sentirse 
la estética del Partenón ó la del templo de Karnak sin 
conocer la historia ni poseer hasta donde sea posible el 
espíritu helénico ó el egipcio que inspiraron esas obras? 
¿Gomo puede sentirse tampoco la belleza del Antiguo 
Testamento sin estar penetrado de la historia del pueblo 
de Dios y del Espíritu que dio especial vida á esas letras? 



— 5 — 

La obra de nuestro distinguido escritor don Marco- 
Antonio Saluzzo, que él titula Historia abreviada de la 
Literatura hebrea, y con cuya aparición honramos hoy 
nuestras páginas, es resultado de atento estudio y de 
acendrado amor por el arte y por la historia hebrea, y 
constituye como una grandiosa galería literaria, en la 
cual podemos contemplar reflejadas esas bellezas bíbli- 
cas á que no podríamos acercarnos directamente, los que 
no tenemos ni la erudición ni las dotes intelectuales y 
artísticas que para ello son indispensables. 

Los lectores encontrarán en tan interesante tra- 
bajo, después de consideraciones generales, sobre la len- 
gua hebrea y sus propiedades para la expresión de los 
sentimientos vivos en la forma poética, presentada bajo 
varias faces la literatura hebrea que atesora el Antiguo 
Testamento. 

Felicitamos á nuestro bondadoso colaborador por 
este nuevo fruto de su vigoroso intelecto y á los aman- 
tes de las bellas letras por la instrucción y solaz fáciles 
que ella ha de procurarles. 

JUAN DE DIOS MÉNDEZ, HIJO. 



HISTORIA ABREVIADA DE LA LITERATURA HEBREA 



CAPITULO I 

ESTRUCTURA POÉTICA Y RIQUEZA DE LA LENGUA HEBREA 

— La lengua hebrea es lengua sagrada, y puede 
considerarse como madre de la civilización primitiva y 
fuente de nuestros más nobles conocimientos. Es, ade- 
más, instrumento, si no de la más antigua, de anti- 
quisima poesía. 

— Son cualidades indispensables para que una len- 
gua sea poética: la acción, la representación, la pasión, 
el canto y el ritmo. 

— La parte de la oración, gramaticalmente hablan- 
do, que expresa, ó mejor: que representa la acción, es 
el verbo, 

—Así, pues, es incontestable que la lengua rica 
en verbos será esencialmente poética ; y lo será tanto 
más, cuanto posea mayor número de nombres que 
puedan convertirse en verbos activos. 

— El nombre representa ün objeto inmóvil, si no 
muerto ; al paso que el verbo pone dicho objeto en ac-, 
ción, y la acción despierta la sensación. La acción y 
el movimiento como resultado de la emoción, constitu- 
yen la esencia de la poesía. 

— Ahora bien : en la lengua hebrea todo es verbo, 
es decir: todo acciona, todo se mueve; porque cada 
nombre puede convertirse en verbo, ó casi lo es esen- 
cialmente, por haberse tomado la acción, en el movi- 
miento de la raíz, para formar aquél á semejanza de un 
ser vivo. 



_ 8 — 

— La forma característicamente activa de la len- 
gua hebrea la hace en extremo favorable al poeta. To- 
do en ella es vida y movimiento. No se hizo, es ver- 
dad, para el pensador abstraído, para el filósofo pro- 
fundo; pero sí para el poeta, porque ella es la Poesía 
misma. 

— La lengua hebrea es pobre para la especulación, 
pero rica de imágenes : abunda en sinónimos, porque 
se complace en designar cada objeto en sus diversas 
relaciones, pintándolo, por decirlo así, entre el concur- 
so variado de las circunstancias que lo acompañan. 

— La superabundancia de nombres para los obje- 
tos materiales es harto visible en la lengua hebrea, co- 
sa que se debe al influjo que sohre ella ejercieron otros 
pueblos. Los árabes, por ejemplo, la llevaron á un 
alto grado de perfección en este punto ; y es casi indu- 
dable que los fenicios debieron dotarla oon multitud de 
palabras para designar muchísimas mercaderías. 

— De ahí el que los hebreos posean gran copia de 
nombres numerales, de productos naturales, de objetos 
suntuarios, de adornos y de refinamientos voluptuosos, 
que difícilmente podemos expresar. Estos vocablos de- 
bieron introducirse muy temprano en la lengua hebrea, 
hablada entonces por los fenicios, los ismaelistas, los 
egipcios y los babilonios ; en una palabra : por los pue- 
blos más civilizados del antiguo mundo, que la coloca- 
ban, por decirlo así, en el centro de la civilización de 
aquella época y la forzaban á adoptar sus movimientos. 

— La poesía descriptiva de los hebreos sobresale 
por todo extremo si no en finura ó en delicadeza, en 
fuerza y en vida ; y ello se debe á la naturaleza de los 
verbos, que, según se ha dicho, son todo acción, movi- 
miento, tomadas como han sido sus raíces de las imá- 
genes, de las sensaciones. Los nombres representan 
casi siempre personajes activos, y se nos aparecen co- 
mo rodeados de agentes ficticios pero tangibles. El 
pronombre ocupa el altísimo puesto que de derecho le 



w. 



— 9 — 

pertenece en el lenguaje de la pasión; el adjetivo se 
reemplaza por palabras compuestas, de manera que la 
cualidad del objeto indicado sea más especial y activa. 
Todas estas particularidades reunidas hacen de ia len- 
gua hebrea la más poética de la tierra. 

—La pasión, la sensación y la emoción caracte- 
rizan la poesía hebrea, como puede advertirse en el 
siguiente pasaje : 

« Siéntome rebosado de palabras : la aspiración me 
«oprime el pechó. " 

" Siento algo que fermenta dentro de mi ; algo se- 
« mejante al vino buevo cuando rompe la nueva odre 
« donde lo quieren depositar. « 

« Quiero hablar para que se me desahogue el pe- 
«cho; quiero abrir los labios y responderme á mi 
« mismo. " 

— Entra, además, en la estructura poética de la 
lengua hebrea, lo que se ha desigr.ado con el nombre 
de paralelismo, que consiste en cierta harmonía á 
la cual concurren el ritmo y la eufonía, hasta el 
punto de comunicarle las gracias, las bellezas todas de 
la danza y del coro de la tragedia griega ; en una pa- 
labra : en el consorcio de la forma con los sonidos, que 
fluye, por decirlo así, de la más perfecta simetría. 

— El paralelismo de los hebreos informa, pues, 
la medida más simple de los diversos miembros de la 
obra poética, sin exceptuar las imágenes y los cantos: 
no es el círculo artístico, la graciosa corona, si puede 
decirse, formada por el enlace de palabras y de sonidos, 
sino algo asi como dos hilos de perlas, sencilla y parale- 
lamente suspendidos. Los pastores de Canaán no hu- 
bieran podido nunca tejer danzas en que se imitara, al 
uso griego, las entradas y salidas del Laberinto; pero 
sí formarse frente á frente en dos filas, para correspon- 
derse con gritos de alegría ó con exclamaciones de dolor. 

— La obra poética literaria divídese en dos partes 
entre ios hebreos ; y estas dos partes se íortifican, se 

^ LITERATURA HEBREA 



— 10 — 

sostienen, se inspiran mutuamente, ya sea que ense- 
ñen, ya que expresen aLegria, tristeza ó amor. En los 
cantos de alegria el efecto corresponde á todos ; en los 
de lamentaciones, resulta de los suspiros y de las quejas 
particulares. La respiración profunda y reiterada, con- 
suela y fortifica el alma ; y cuando una de las dos partes 
del coro divide con la otra el dolor ó la alegria, di- 
cha parte viene á ser el eco de cada voz, ó como de- 
cían los hebreos: el hijo de la voz conmovida. 

— Gomo la Poesía, antes que á la razón, dirígese 
á los afectos, nace y sostiénese en éstos el ^paralelismo; 
porque cuando el corazón se expande en senti- 
mientos, suscítanse las emociones empujándose como 
las olas de agitado piélago. El alma conmovida no 
acaba nunca de decirlo todo ; tiene siempre que añadir 
á lo dicho alguna palabra nueva; y hé aquí por qué en- 
contraréis repeticiones en toda obra poética en que cam- 
pea la pasión. 

— Lo que se ha llamado /)arafefemo de las cláusu- 
las (desarrollo del pensamiento y del ritmo en series 
paralelas), consiste en cierta forma del Arte, muy sus- 
ceptible de extensión, y en la cual, cada verso se divi- 
de en dos ó más períodos unidos entre sí por la rela- 
ción, sea completa ó parcial, del pensamiento, ó senci- 
llamente, del ritmo. Esta forma vierte muy bien la 
sensación rápida y vigorosa, naturalmente expresada en 
cortas proposiciones, pero que por lo mismo no lo dice 
todo de una vez. Para ser comprendida mejor, una pro- 
posición llama á otra ; un trozo debe ser aclarado por 
otro; la tesis pide la antítesis. Es tan libre tal estruc- 
tura ; ofrece tantas y tan variadas diferencian, que fa- 
cilita la espontánea expresión de la idea en graciosos 
pensamientos, y produce dulce encanto por su misma 
variedad. 

— A propósito del paralelismo : 

«Y ¿cuál era, «dice Lamartine, « la forma, la me- 
«dida, el ritmo, la consonancia, el metro, de aquellos 



« cantos poéticos, de aquellos versos sagrados? ¿Abun- 
« daban en ellos el hemistiquio, los pies, la rima, el 
« lenguaje numeroso y musical que los griegos, los la- 
«í tinos y nosotros mismos llamamos hoy dia verso? 

« Parece que la lengua hebrea, aunque ya muy 
«abundante en imágenes y sapientisima, no habia al- 
« canzado aún la invención perfecta del verso, que true- 
«ca en notas las palabras y convierte el estilo en una 
« como música, cuya medida se marca con rigurosa pre- 
« cisión. Acaso la forma poética y versificada de aque- 
«11a lengua, consistia principalmente en cierta repeti- 
« ción, en el eco de la misma idea; idea y repetición que 
«se encontraban en la propia frase, casi al cabo de igual 
«número de palabras, á manera de consonancia,- bien 
«asi como el eco consuena con la voz que lo despierta. » 

«Esta prosodia, ó bien: consonancia de dos ideas 
« que se atraen y se corresponden como dos voces, 
«desde el principio hasta el fin de la estrofa, fue, sin 
«duda, inspirada á los primeros poetas ó profetas he- 
«breos por la naturaleza de sus nativas regiones. La 
« forma cóncava de los valles y de las quebradas, la so- 
« noridad de las rocas que por todas, partes interrum- 
« pen la superficie, la resonancia de las cavernas, mul- 
« tiplican alli los ecos ; y acaso los pastores de aquella 
« nación esencialmente pastoril, impresionados por la 
« exactitud con que las quebradas, las rocas, las caver- 
«nas, repetian las flautas ó los cantos, trataron, natu- 
« raímente, de imitar en la prosodia tan musical re- 
« petición. « ^ 

« De ahi lo que los eruditos llaman paralelismo 
« en los cantos épicos ó liricos de la Biblia ; paralelis- 
« mo cuyo origen creemos encontrar en la imitación 
«del eco. Pero no es sólo el oido el que se impresio- 
«na y encanta con la consonancia de la palabra con la 
«palabra, sino también el ánimo. Porque si hay eco 
« en el oido hailo también en las ideas ; tan asi, que el 
« espíritu del hombre se complace en repetirse lo que 



— 12 — 

«piensa y lo que siente, como para afirmarse más y 
«más á si mismo lo que ha pensado y lo que ha senti- 
«do, y gozar, por ende, más de una vez de su propia 
«facultad de pensar y de sentir. ¿Qué es la rima de 
« nuestras lenguas modernas, sino la consonancia del 
« verso, que se repite por medio del eco en otro que 
«le sigue? " 

« Esta repetición de la primera parte de una es- 
« tancia poética en su segunda parte, casi en los mis- 
«mos términos, obedecia, además, evidentemente, en- 
« tre los antiguos, á otra causa ; y ello era : la facilidad 
« que tal repetición daba al pueblo ó al coro, de asociar- 
« se al poeta, para repetir lo que aquél dijera ó canta- 
«ra. La intención de dar por este medio al pueblo 
« cierta especie de estribillo, es manifiesta en algunos 
« salmos de David; y hoy mismo á tantos siglos de dis- 
« tancia, al leer aquellos salmos, vemos al pueblo á 
« quien va enderezado el estribillo, recibirlo en los la- 
« bios y recitarlo en seguida con tal resonancia, que pa- 
«rece lanzarlo á la inmensidad de los cielos. « (*) 

— Gomo los hebreos ignoraban, ó por decir mejor: 
carecian de los números oratorios del periodo griego y' 
del latino, reemplazábanlos con el paralelismo, hasta 
el punto de fincar en éste el vigor y la elegancia de su 
lengua. 

— La poesia hebrea nació bajo la bóveda del cielo, 
y, como quien dice, en faz de la aurora, siendo ella 
misma como la aurora de la civilización universal, pues 
celebra, la primera, la unidad de Dios y la unidad del 
género humano. 

EL LENGUAJE Y LA ESCRITURA (*) 



¡ Gloria á ti, oh hijo invisible del aliento humano ! 
Oh lenguaje, encantador lenguaje, hermano de los án- 



(*) Lamartine. — Curso familiar de literatura. 

(*j Este titulo y el siguiente son imitaciones del poeta y filósofo alemán 
Herder. 



— 13 — 

geles! Sin tu fie] socorro sucumbiría el alma bajo 
la pesadumbre de las sensaciones ; el canto no se alza- 
ría en los altares para venir luego á acariciar nuestro 
oído ; lo pasado seria testigo mudo ; la huella del hom- 
bre, como la del bruto, perderíase en el vacio; y el al- 
ma del sabio tendría que ser cuna j sepulcro de la 
sabiduría. 

¡Omnipotente Dios! Tú, que hermanaste la len- 
gua con el alma; Tú, que te dignaste comunicar al 
efímero soplo, al más suave sonido, la idea j el afecto, 
y le infundiste el mágico poder de resonar más allá de 
los tiempos; Tú diste, sí, Tú diste alas á la idea, y la 
dotaste con el poder de crear á imagen suya; con el 
poder, más benéfico aún, de anegar el alma humana en 
piélago de luz, y de extasiarla con los magníficos acor- 
des de la lira. 

i Oh profundo misterio cuya más sencilla obra es 
para nosotros incomprensible ! Mi lengua está presta ; 
está presta á seguir, á precipitar el curso impetuoso de 
las ideas que bullen en mi mente; mas, ¿cómo Te será 
dado hacerlo? Mi corazón necesita expandirse, con- 
solarse, comunicarse con otros corazones ; y hé aquí 
que el sonido llega á ellos para ser trasmitido á el al- 
ma. Y la fuente de mis ideas bulle y bulle cada vez 
más, y se desborda sin jamás agotarse. Y el ardor de 
la palabra inflama mi espíritu, y el poder del sonido, 
levanta mi alma, porque un soplo efímero comunica al 
fugitivo pensamiento eterna duración. 

Que tú ¡oh Creador! en tu bondad infinita, reve- 
laste á la inteligencia humana el segundo secreto del 
Arte divino: le enseñaste á fijar el sonido, á darle for- 
ma, á encadenarlo por medio de los delicados caracte- 
res de la escritura. 

Guando el espíritu, recogido, la interpreta en si- 
lencio, platica con algún espíritu ausente, con algún 
espíritu extraño; y saca de sí mismo ideas que no le fue- 
ro» sugeridas ni por las letras, ni por las imágenes. 



— 14 — 

Y se lanza por lejanos espacios, y penetra en los pro- 
fánelos arcanos de un universo que no existe; y se le 
representan formas divinas, y su mirada escruta la con- 
ciencia de los sabios; y escucha, y admira de nuevo 
vuestros cantos inmortales ¡oh sublime Homero! ¡oh 
noble Osián ! 

¿Estáis acaso tan profundamente sepultados en las 
entrañas de la tierra, oh sacrosantos generadores de 
nuestro idioma, de nuestra poesia, de nuestras letras? 
i Oh vosotros, padres del canto, á quienes Dios mismo 
abrió los ojos y desató la lengua para que vieseis lo in- 
visible, para que nombraseis lo innominado; para que 
expusieseis ante su pueblo á Aquel que no tiene formas 
y á quien no pueden percibir nuestros sentidos sino 
por obra de la palabra! ¿Dormís en el olvido, oh vos- 
otros, cuya mano dirigió Dios mismo para que destru- 
yeseis el imperio de la nada; vosotros, los que podéis 
describirnos de nuevo lo que El os hizo contemplar, y 
repetírnoslo que El os dijo? ¿No tiene ya acordes 
vuestra arpa? ¿No irradia claridades vuestra aurora? 

Los veo, si, los veo: helos ahi que dormitan en 
sus sagradas tumbas. Y ¿osará mi mano levantar 
el velo sombrío que cubre tan venerables muertos? 
Aproximóme. ¡ Cuánta luz irradian sus semblantes ! 
¡ Cuan apacible el sueño que duermen ! Celestiales acor- 
des, cantos gloriosos arrullan mi oído. Helos ahi que 
se alzan envueltos en sublime majestad: — Isaías, Job, 
Moisés y el Pastor; todos graciosamente coronados con 
las brillantes palmas de Israel. 

En sus manos el arpa, en sus labios el canto: el 
canto, que brota en salmos tan harmoniosos como los 
que entonan las estrellas matutinas en torno al trono 
del Creador. Y mudos de sorpresa el Cielo y la Tierra, 
inclinanse de nuevo bajo la mano poderosa qiie los sa- 
có de la nada para que celebrasen su gloria. 

¡Arcángeles del canto! proseguid, proseguid en 
ese vuestro ondeante vuelo que os lleva cada vez más 



— 15 — 

allá, que os sublima cada vez más, ¡ay! sin dejarme 
ningún acorde de vuestra arpa, ninguna nota de vues- 
tros himnos ; siquiera una ráfaga de la tempestad que 
traspórtala gloria del Dios Vivo. — ¿Y el himno del 
Omnipotente ha de dormir por largos días aún como 
criatura insensible? ¿Y la corona arrancada del árbol 
de la vida, será siempre para nosotros emblema roído 
por el tiempo; flor cuya fragancia embriaga el espíritu 
y lo extravía;^ y cuyo polen oscurece nuestra mirada? 

¡Acudid, sombras sacrosantas! Venid á santificar 
mis labios, ,á bendecir mi lengun ; que no hay ninguna 
indigna de repetir vuestros cantos, pues todos ellos 
celebran la gloria de Dios! Acerredme; y séame da- 
do, á lo menos, mostrar la huella luminosa de vuestra 
planta, la sombra de vuestra imagen, ó repetir el eco 
de vuestras harmonías. Dadme descifrar fielmente á 
la par que los caracteres antiguos del libro de Dios, el 
sentir sencillo y sublime de vuestro espíritu. 

Apuntaré, y nada más, lo que deban callar mis 
labios, y guardaré vuestra inspiración en el fondo de 
mi alma. 

LA voz DEL MUNDO PRIMITIVO 



¿De dónde vienes? ¿A dónde vas, oh voz de los 
antiguos tiempos? ¿Cómo pudo tu delicado, tu apa- 
cible soplo conservarse entre las tempestades de ios 
siglos? 

¿Procedes, acaso, del árbol de la vida y de la fuen- 
te sagrada del Edén? ¿O eres mensajera de proféticas 
sensaciones acerca de la Creación y del primer amor; 
ó vienes á revelarnos los misterios del árbol falaz; ó á 
narrarnos la historia de la cabana del Padre ; de la ca- 
bana donde vivió vida de afanes y de dolores? 

¡ Ay ! que no cantas ja sino hablas. Pues bien: 
dinos cómo pudieron romper las aguas los pode- 



— 16 — 

rosos diques que dispuso el Eterno sobre el revuelto 
Gaos. Refiérenos el asedio que intentaron los ándeles 
rebeldes contra las potestades de los Cielos. 

Y tú misma, di: ¿cómo pudiste sustraerte de las 
poderosas olas del diluvio? Tú, la delicada, la aérea, 
¿cómo pudiste resistir el movimiento terrible que dis- 
persó los pueblos por sobre la haz de la Tierra ? 

Guando las tormentas, cuando los huracanes de- 
vastaban el mundo, ¿te acogiste, acaso, á los pies del 
Padre, oculta bajo la orla de su manto? O envolvien- 
do la rama de oliva de la candida paloma, ¿fuiste men- 
sajera de paz y de esperanza ? 

Si, hija primogénita del Padre en el aliento hu- 
mano. Eres gaje precioso de perfección, ministro de 
la ciencia, eco de la voz de nuestros bienaventurados 
genitores, con quienes te salvaste dentro del Arca en 
los temerosos dias del Diluvio. 

Y luego, las ramas del árbol genealógico de la 
humanidad te dieron hospedaje; y viviste en los nom- 
bres de los brutos y de las cosas; y te encumbraste en 
los himnos que alzaron al Eterno los primeros cantores. 

¡Salve, fragmentos dispersos de la his,toria del 
mundo primitivo ! ; Benditos seáis por haber dado al 
hombre la religión y la escritura ! ' 



GAPITULO II 



MOISÉS. — EL PENTATEUCO 



-Ofrécese en primer lugar á nuestra admiración 
en la literatura hebrea, un portentoso poema épico, 
cuyo argumento es la creación del Universo, y en el 
cual brillan antitéticamente la magnitud del asunto y la 
sencilla sublimidad de la narración. 



-- 17 — 

— El antiguo Gaos ocupaba el espacio; la Nada, 
suprema negación de los seres, misterio el más profun- 
do que puede atormentar la inteligencia humana, en 
presencia de las maravillas de la Creación, iba á trans- 
formarse en El Génesis, es decir : en la vida bajo todas 
sus formas', desde la luz que reverbera en las alturas 
del cielo, hasta las tinieblas asentadas en el fondo del 
abismo ; desde la oruga hasta el águila ; desde el infu- 
sorio hasta el humanó. 

— Nunca se levantó la mente del hombre á mayor 
altura, asi como nunca ostentó igual poderla palabra, 
no vistió formas tan galanas j magnificas, como en la 
epopeya mosaica. Refléjase la idea en la expresión, 
como la luz en la perspectiva; y la belleza plástica y la 
belleza ideal se confunden y compenetran con harmonía 
sublime que renace en el éxtasis de la naturaleza como 
el hosanna de la eternidad. 

— Homero y Virgilio expresanlo sublime humano; 
lo sublime de Moisés es divino. 

— Aquéllos nos inspiran admiración; — éste nos 
asombra y nos anonada. 

«¡Oh Júpiter», exclama el más soberbio de los 
griegos, «vuélvenos la luz, y combate contra nosotros 
si te place. « 

«Considera'', dice Priamo al colérico Aquiles, al 
reclamar de éste el cadáver del Ultimo troyano; «con- 
sidera el exceso de mi desgracia cuando me veo obligado 
á besar las manos teñidas en la sangre de mis hijos.» 

«Yo tuve que sufrir la insolencia de un man- 
cebo soberbio», dice Andrómaca á Eneas, «y subi cau- 
tiva á su lecho, y concebí en la esclavitud.» — 

— Héaqui loque nos hemos atrevido államarlo su- 
blime humano: movimientos magníficos, ideas grandio- 
sas que se apoderan de nosotros y nos levantan á las 
alturas d|el heroísmo, ó nos inspiran gravísimo dolor. 
Comprendemos este sublime, lo sentimos, lo admira- 

3 LITERATURA HEBREA 



— 18 — 

mos; y si en el momento mismo en que ejerce en nuestro 
ánimo su poderosa influencia, nos encontrásemos en la 
situación de los héroes *de Homero ó de Virgilio, acaso 
seriamos capaces de proceder ó de hablar como ellos. 

— Pero lo sublime de Moisés es divino : no pode- 
mos sentirlo, ni comprenderlo, ni admirarlo debida- 
mente, porque no tenemos fuerza para ello ; porque no 
podemos levantarnos á su altura, como no podemos 
contemplar en su foco la luz derastro-rey. 

— Breves, brevisimas palabras bastan al Cronista 
de los hechos de Dios para dar idea del principio de la" 
obra divina. 

— La tierrí), desnuda y vacia, giraba en el espacio 
cubierta con manto de tinieblas, bien asi como el in- 
forme embrión yace en la matriz de la mujer, según la 
magnifica expresión de Ensebio; y el Espiritu de Dios, 
es decir : el aliento de la Omnipotencia que debia fecun- 
darlas, se movia sobre las aguas. 

— Y dijo Dios: sea la luz y la luz fue. 

— Extraña literatura la que "hace de su dominio lo 
pasado, donde impera la nada, y lo porvenir que ger- 
mina en los arcanos de la Providencia. Porque la 
epopeya que se desenvuelve en El Génesis no es la de 
un pueblo, ni la de una raza, sino la de la humanidad, 
como que principia con la creación del mundo y termina 
con la bendición de Jacob, en que se contiene el porve- 
nir de las naciones, vinculado en los padres de las tribus, 
que habían de derramar la civilización por la faz de la 
Tierra. 

— Pero notermina aquí la obra de Moisés. Después 
de haber asistido en espíritu á la creación del Universo 
y descrito la omnipotencia del Dios Vivo, narra en el 
Éxodo la salida de Egipto y las varias aventuras del de- 
sierto, en cuyo campo caducan y mueren las co^tumbres 
idolátricas de Israel, para que este pueblo, nacido, cre- 
cido y conservado en el milagro, recibiese dignamente 
el sagrado depósito de la Ley. 



— 19 — 

— Si ertEl Génesis admiramos, humanamente ha- 
blando, la poderosa' imaginación de Moisés y sus pro- 
fundos, universales conocimientos, en el Éxodo sube de 
punto nuestra admiración y nos poseemos de respeto, 
al leer los cánones constitutivos de aquella Ley, que ni 
tiene antecedentes en la Historia, ni en nuestra moder- 
na civilización ha podido alcanzar plena vigencia, y que 
contiene, indudablemente, lai^ltima palabra del progreso. 

- -Vienen luego El Levitico, vinculo de una casta 
sacerdotal al servicio de Dios; Los Números, expresión 
de la fuerza de Israel ; y por último El Deutoronomio, 
especie de legislación postuma, cuya autoridad pone 
Moisés, como el legislador de Esparta, bajo la sagrada 
salvaguardia de la muerte. 

— Con razón ha dicho uno de los cri ticos más nota- 
bles del siglo, de autoridad nada sospechosa, por cierto, 
que el Pentateuco es como la quinta esencia de la lite- 
ratura hebraica, asi por la alteza de los asuntos que en 
él se contienen, como por la variedad del colorido con 
que se desenvuelven y expresan, f) 

— Desde la Geología hasta el ritual de los sacrifi- 
cios; desde las prescripciones higiénicas hasta las leyes 
civiles ; desde la descripción minuciosa hasta la oda sa- 
grada cuya lírica entonación se pierde en las alturas 
olímpicas, — grito del alma anonadada bajo el peso de 
los beneficios de la Divinidad ; todo eso brilla con vida 
propia en El Pentateuco,, como brillan en el firmamento 
las maravillas de la Creación. 

— Por cierta coincidencia notable, los dos hom- 
bres que personifican las dos civilizaciones de mayor 
trascendencia en la historia: — Moisés y Homero, han 
sido blanco de los tiros de una crítica ingrata y estéril 
que así ha negado la existencia del Épico griego, como 
la paternidad literaria del Caudillo de Israel ; pero de la 



(*) NoLDEKE. — Hist. literaria del Antiguo Testamento. 



— 20 — ■ 

misma manera qae á la luz de una disquisición ilustrada 
recobra su integridad la hermosa figura del cantor de 
Aquiles y de Ulises, á medida que se estudian más y 
más las costumbres orientales y los monumentos de la 
civilización de aquella época, resalta mayormente la 
grandeza de Moisés, y su paternidad literaria adquiere 
absoluta certidumbre. 

Y no se alzó en Israel profeta semejante á Moisés, 
dicen las Sagradas Escrituras, ni que fuera reconocido 
faz á faz por Jehovd. — Elogio rigurosamente verda- 
dero, no sólo con referencia á lo pasado, sino también á 
los dias que siguieron al legislador del Sinai. 

— En efecto: ¿quién puede comparársele entre los 
más esclarecidos varones del pueblo de Abrahán y de 
Jacob? Algo de su inspiración brilla en Samuel, pero 
el brazo de éste no fue poderoso á enfrenar los desórde- 
nes del pueblo, ni siquiera las es3andalosas disoluciones 
de sus propios hijos; sensible y justiciercf era David, 
pero en él predominan los intereses del padre sobre los 
del rey ; anegóse en concupiscencias la sabiduria de 
Salomón, y la riqueza de su corte preparó la división 
de Israel; y el grande Elias, es impotente para salvar 
al pueblo, que ya cia encenegado en la servidumbre: 
"la república era un cadáver.?' 

— «Sólo MoiséS", dice Herder, «levantó un monu- 
mento eterno: monumento que brotó integro de su in- 
telecto, y que asentó sólidamente con brazo poderoso; 
monumento cuya armazón primitiva se construyó con 
piedras rústicas, y en el cual servían alternativamente 
al Dios de la familia los primogénitos de Israel.» 

— El Pentateuco abunda en cierto atractivo sin- 
gular que se debe á la forma de su exposición. Los cua- 
dros que presenta, casi todos de sencillez infantil, cau- 
tivan el gusto más esquisito. 

— Ningún libro contiene narraciones^ que puedan 
ser compar&das ó con las de El Génesis, ó con las del 
Éxodo, ó con las del Levítico, ó con las de Los Números. 



— 21 — 

—La relación de la caída del primer hombre, el 
viaje de Eleazar á Mesopotani^, la franca hospitalidad 
de Abrahán, los sufrimientos y las nobilísimas acciones 
de José, la Ley revelada en el Sinaí y tantos otros rela- 
tos, serán siempre modelos de narración, heroica é in- 
genua á un tiempo. Sólo en La Odisea hay pasajes que 
paedan comparárseles. 

ÚLTIMO CANTO DE MOISÉS EN EL CONCURSO DE 
LOS ISRAELITAS 



¡Cielos! atended á mi voz : escucha, Tierra, las 
palabras de mis labios. i 

Fluyen apacibles mis discursos como la lluvia, y 
mi palabra cae gota á gota como el rocío : como la llu- 
via sobre tierna hierba; como el rocío sobre arbusto in- 
cipiente. 

Por eso alzo cánticos al nombre de Dios. 

Glorificad á Jehová nuestro Dios. 

Roca inconmovible es Jehová. Sus obras por sobre 
todo vituperio, rectos sus caminos. 

Acuérdate ¡ oh pueblo ! de tus días primitivos ; 
invoca la sabiduría de las generaciones que duermen en 
el tiempo ; pide á tu Padre que te descifre sus dictados ; 
y di á los ancianos que recojan en sus labios las pala- 
bras del Eterno. 

Guando el Altísimo repartió la tierra entre las 
gentes; cuando separó unos de otros los hijos de los 
hombres ; puso límites á cada pueblo para que Israel 
tuviera espacio donde plantar sus tiendas; para que 
Jacob tuviera campó donde ejercer imperio. 

Y encontró espacio, y encontró campo en el de- 
sierto : en las soledades donde no resonaban sino los 
mugidos de las bestias feroces. Y el Señor cogió á 
Israel en sus brazos para instruirlo ; y se lo puso sobre 
las niñas de los ojos. 



99 



Al modo que el águila recoge á sus polluelos bajo 
las alas y los protege, y cuando es ya tiempo los levanta 
en los aires para que tomen posesión del espacio infi- 
nito; asi Jehová protegió y educó y enalteció á su pueblo. 

Pero éste adoró falsos dioses, obra de las manos 
de los hombres; y el Señor apartó de él el rostro, y 
amontonó sobre su frente miserias y calamidades, é hizo 
que lo consumiese el hambre, y que lo devorasen los 
buitres, y que Ib secase la peste; y aguzó contra él los 
dientes de las bestias feroces, y acumuló también contra 
él la ponzoña de las serpientes. 

Fuera, desolado fue por la espada; dentro lo ano- 
nadó el pavor. Y perecieron de hambre, el niño sobre 
el pecho de la madre y el anciano sobre la piedra del 
hogar. . 

Su viña, de los egidos de Gomorra, dio racimos 
amargos. Hiél de dragones, veneno de áspides fue su vino. 

Y Jehová, Juez de su pueblo, Jehová afiló su es-^ 
pada en las nubes ; y armó su diestra para juzgar; y 
embriagó en sangre sus saetas ; y pereció por segunda 
vez toda carne. 



CAPITULO III 



EL LIBRÓ DE JOSUÉ. — II EL LIBRO DE LOS JUECES, 
III CÁNTICOS DE VICTORIA DE LOS ISRAELITAS. 



I 



— Guando Moisés, asediado por todas partes, reta 
á Amalee, comienza á escribir el libro de Las Guerras 
DE Jehová, que fue continuado después de la muerte 
del egregio Caudillo, pero del que apenas quedan al- 
gunos fragmentos. 



— 23 — 

— El primero de estos fragmentos es el que celebra 
la victoria de Moisés sobre Amalee. 

«Quiero destruir, quiero borrar de sobre la haz 
«de la Tierra la memoria de Amalee.» 

— El altar que construyó Moisés y al que llamó 
Jehová, mi bandera de victoria, tiene explicación del 
todo poética, como lo prueba el siguiente pasaje: 

«Porque mi diestra se habia alzado hacia el 
«trono de Jehová. La guerra de Jehová será contra 
«Amalee y se perpetuará de generación en generación. » 

—La* diestra de Moisés habia permanecido alzada 
durante la batalla, implorando la protección de Jehová; 
y como fuera necesario que la sostuviese una piedra, 
confirmóse ésta con eljnombre de Bandera de victoria. 

— Los otros fragmentos salvados de este libro, 
contienen algunos cantos. Hé aqui el que celebra la 
victoria de Israel sobre los amorreos : 

«Acudid á Kesbón: construid y fortificad á Sión. 
«Fuego brotó de Kesbón ; nube flamígera salió de Sión; 
«y. devoradas fueron las montañas y los habitantes de 
«las alturas de Arnón.« 

«Desgraciado de ti, Moab; desgraciado de tí, pue- 
«blo de Kemos, perdido para siempre. Tus hijos fugi- 
«tivos y sin patria; reducidas á cautiverio las hijas de 
«los amorreos: al cautiverio de los reyes de Sión.»' 

«Quebrantado ha sido el yugo. Desde Kesbón 
«hasta Debón, todo lo hemos arrasado. Y hasta Nophah 
«y hasta Medeba, devastado queda todo y cubierto 
«de ruinas.» 

— Excítanse mutuamente de este modo los israeli- 
tas á entrar en la tierra conquistada de Kesbón y de 
Sión, gloriándose de haber vencido á los vencedores de 
Moab, y celebrando las hazañas del enemigo para enal- 
tecer las suyas propias. 

— El Libro de Josué no ofrece ningún fragmento 
del de las Guerras de Jehová. 

— Ataca Josué á los amorreos desde las primeras 



— 24 — 

horas del dia, y el combate se prolonga hasta la noche, 
es decir : de sol á sol ; lo que parece era necesario para 
alcanzar la victoria. 

— ¡ Hermosa poesía ! El sol y la luna (porque Jo- 
sué persiguió al enemigo durante la noche) fueron tes- 
tigos de la inaudita hazaña ; y como sobrecogidos de 
sorpresa, detuviéronse ambos astros en el firmamento 
para contemplar é ilustrar la victoria. 



II 



La vida, el alma del Libro de L9S Jueces es la 
narración de estos heroicos hechos. Todo en él pone de 
manifiesto el espíritu de la época y la ardiente juven- 
tud de un pueblo montaraz recientemente organizado y 
á menudo oprimido, como que la libertad individual y 
el orden público no se han arraigado aún en él, pero en 
quien se advierte ya el entusiasmo por la independen- 
cia nacional, si no en el conjunto del pueblo, en s.us 
heroicos conductores. Esta época podría llamarse la 
era poética por antonomacia de Israel. 

— Las épocas de orden civil y político, de serena 
prosperidad y de costumbres rígidas, si las más felices 
para las naciones, no son, empero, las más propicias y 
favorables á la Poesía, que para brillar en todo su es- 
plendor, necesita cantar con limitada libertad las ac- 
ciones arriesgadas, las pasiones violentas, las aventu- 
ras extraordinarias. 

«En esta época", dice el Libro délos Jueces, 
"no había rey en Israel, y cada cual procedía en justi- 
«cia según el dictado de su conciencia. « 

— Desde el momento mismo en que alguien se se- 
ñalaba por alguna acción valerosa, siquiera fuese de 
poca importancia, reputábasele como impulsado por el 
espíritu del Jehová ; como que el Dios nacional lo ha- 



— 25 — 

bia llamado á la realización de heroico proyecto. 

— Asi se explica la hazaña de Jehü, cuando mo- 
vido por Jehová, cierra, espada en mano, contra el ti- 
rano extranjero. Las palabras que profiere el Caudi- 
llo judío, contienen más espíritu nacional que nuestras 
modernas victorias, selladas con la sangre de millares 
de inocentes. Todo dependía entonces del valor y de 
la fuerza individual; y hé ahí por qué el elogio públi- 
co y la gratitud nacional del canto victorioso de Débo- 
ra, la sibila de Israel, corresponden por completo á 
Jahel, la mujer de Haber. 



III 



— Y cantaron Débora y Barac, hijo de Abinoen, 
en aquel día, diciendo : 

Los de Israel que espontáneamente expusisteis 
vuestras almas al peligro, bendecid al Señor. 

Oíd, Reyes, escuchad, Príncipes: yo soy, yo soy 
laque cantaré al Señor: diré una canción al Señor 
Dios de Israel. 

Señor : cuando salías de Seír y pasabas por las 
regiones de Edón, conmovióse la tierra; y los cielos 
y -las nubes destellaron aguas. 

Derri,tiéronse los montes delante del Señor: el 
Sinai mismo se inclinó á la presencia del Señor Dios 
de Israel. 

En los días de Sangar, hijo de Anat; en los días 
de Fahel, enmudecieron los caminos; y los que en- 
tonces transitaban anduvieron por veredas desviadas. 

Gesaron los fuertes en Israel y dejaron de ser 
hasta cuando se levantó Déhom; imsiñ cuando se le- 
vantó una madre .en Israel. 

Nuevos combates se escogió el Señor y El mismo 

4 L,ITERA.TÜiU HEBREA. 



— 26 — 

derribó las puertas de los enemigos: no se vio escudo 
ni lanza en los 'cuarenta mil de Israel. 

Mi corazón ama á los principes de Israel. - 

Los que de propia voluntad os ofrecisteis al peli- 
gro, bendecid al Señor. 

Los que cabalgáis sobre lucidos asnos, y os sentáis 
para juzgar, y andáis por el camino ; hablad, hablad. 

En donde fueron estrellados los carros y fue sufo- 
cado el ejército enemigo, alli sean cantadas las justi- 
cias del Señor y su clemencia para con los fuertes de 
Israel : entonces el pueblo del Señor descendió á las 
puertas y recobró su señorio. 

Levántate, levántate, üébora: levántate y entona 
un cántico : levántate, Barac, y echa mano de tus cau- 
tivos, hijo de Abinoen. 

Se han salvado las reliquias del pueblo ; el Señor 
combatió entre los valientes. 

Uno de Efrain los derrotó en Amalee, y después 
de él uno de Benjamin contra tus pueblos, oh Amalee. 

De Machir descendieron los principes : y de Za- 
bulón los que acaudillaron el ejército para guerrear. 

Los caudillos de Isachar fueron con Débora y si- 
guieron las pisadas de Barac, el cual se arrojó al peli- 
gro como á un precipicio y á un abismo. 

Dividido Rubén contra si mismo, se hallaron en 
contienda sus hombres de valor. 

Galaad estaba en reposo á la otra parte del Jor- 
dán; y Dan atendia á sus navios. 

Aser habitaba en la costa de la mar y se mantenia 
en sus puertos. 

Mas, Zabulón y Nephali ofrecieron sus almas á la 
muerte en el pais de Merome. 

Vinieron los reyes y pelearon ; pelearon los reyes 
de Ganaán en Tanae, junto á las aguas deMageddo; 
mas no llevaron ninguna presa. 

Del cielo se combatió contra ellos : las estrellas, 
en orden de batalla, pelearon contra Sisara. 



— 2T — , 

El torrente de Gisón arrastró sus cadáveres ; el 
torrente de Gadumine, el torrente de Gisón : huella, 
oh alma mía, los campeones. 

Rompiéronse los cascos de los caballos huyendo 
con ímpetu,"}^ cayeron en precipicios los más valerosos 
de los enemigos. 

Maldecid la tierra de Meroz, dijo el Ángel del Se- 
ñor : maldecid á sus habitadores, porque n9 vinieron 
al socorro del Señor, en ayuda de sus más esforzados 
guerreros. 

Bendita éntrelas mujeres Jahel, mujer de Haber 
Gineo; y bendita sea en su tienda. 

Dio leche al que le pedía agua, y en taza de prín- 
cipes le presentó manteca. , 

Tomó en la mano izquierda un clavo y en la de- 
recha un martillo de obrero ; y buscando en la frente 
lugar para la herida, dio á Sisara el golpe, taladrán- 
dole con gran fuerza una sien. 

Gayó á los pies de la valerosa hembra ; perdió 
las fuerzas y murió : á los pies de la valerosa hembra 
se revolcaba y quedó exánime y miserable. 

La madre de Sisara, mirando por la ventana daba 
alaridos, y decía desde su cuarto: « ¡Gomo tarda en 
« volver su carro ! ¿Por qué son tan pesados los cascos 
«de sus caballos? y^ 

Una de sus mujeres, más advertida que las otras, 
respondió estas palabras á la suegra : 

« Quizá está ahora repartiendo los despojos, y se 
« está escogiendo para él la más hermosa de las muje- 
«res: quizá vestidos de diversos, colores se dan á Sísa- 
«ra por despojo, y se amontonan varios arreos para 
« adornarle el cuello. » 

Así perezcan. Señor, todos tus enemigos ; y asi 
brillen los que te aman como resplandece el sol en el 
oriente. 

Y estuvo la tierra en paz cuarenta años. 



— 28 — 

CAPITULO IV 

poesía pastoril* — EL LIBRO DE RUTH 



—Ignórase quién sea el autor de este precioso 
poema pastoril, que los expositores cristianos refieren á 
los días de Débora. 

— Algunos de aquéllos indican que se escribió en 
el reinado de David, al propio tiempo que el Libro 
PRIMERO DÉLOS REYES, dando por autor de ambos al 
profeta Samuel. 

— Sea quienquiera el autor del Libro, la literatu- 
ra hebrea le debe uno de los más vistosos florones de 
su corona; y las buenas letras humanas un dechado 
ejemplar no igualado, ni menos aventajado en ningu- 
na literatura, sin exceptuar la griega. 

— La figura de Ruth es de sorprendente origina- 
lidad, así por la gracia como por la inocencia ; y cuan- 
do el poeta anónimo nos la presenta en compañía de 
su suegra Noemi, nos encontramos como en faz de la 
candidez confiada y sencilla y de la prudencia. 

— Tres mujeres encuéntranse viudas en tierra ex- 
tranjera: una de ellas, entrada ya en años, Noemi, 
viuda de Elimelec y madre de los ya difuntos maridos 
de Grfa y de Ruth, quiere dejar la tierra de Moab, 
donde peregrinaba, y regresar á la patria de sus ma- 
yores, por haber oído decir que el Señor había vuelto 
la vista hacia su pueblo y dádole qué comer. 

—Salió, pues, del lugar de la peregrinación con 
sus dos nueras, dice la Biblia; y cuando estaban en 
camino de la tierra de Judá, les dijo: — «Id á la casa 
de vuestra madre. El Señor haga con vosotras miseri- 
cordia, como lo hicisteis vosotras con los difuntos y 
conmigo, y os conceda que halléis descanso en las 
casas de los maridos que os han de caber en suerte. « — 



— 29 — 

Y las besó ; y ellas, alzando la voz, se pusieron á llo- 
rar, y dijeron á Noemi : — « Contigo iremos á tu 
pueblo.'' 

—Entra Noemi á disuadirlas del propósito, ape- 
lando para ello á razones expresadas en frases que sólo 
se encuentran en las letras hebreas. — «Volveos, hijas 
mías", les dice. «¿Para qué venís conmigo? ¿Por ven- 
tura tengo yo más hijos en mí vientre para que podáis 
esperar de mi nuevos maridos? « 

—Las jóvenes viudas rompieron de nuevo á llo- 
rar ; pero Orfa besó á su suegra y volvióse á su pueblo ; 
no asi Ruth, que no quiso desasirse de ella. 

— En vano esfuérzase Noemi en persuadir á Ruth 
para que siga el ejemplo de Orfa y vuelva á su pueblo. 
El corazón de la moabita, no su entendimiento, le dicta 
frases de irresistible, candorosa elocuencia, que, de 
seguro, anegarían en lágrimas los ojos de Noemi. 

«No me impongas ya que te deje ■■y me vaya, 
« porque donde quiera que fueres iré ; y donde tú mo- 
«rares yo también moraré. Tu pueblo será mi pueblo, 
« tu Dios será mi Dios. La tierra que te recibiere en tu 
«muerte, en esa moriré, y allí tendré el lugar de mi 
« sepulcro. 

«Y llegaron á Betlehén; y luego que entra- 
« ron en la ciudad prontamente esparcióse entre todos 
«la fama, y decían las mujeres: — Esta es aquella Noe- 
«mi. — A las cuales dijo ella : — No me llaméis Noemi 
«(la hermosa), sino llamadme Mará (la amarga); por- 
«íque el Todopoderoso -me ha llenado en extremo de 
«amargura.» 

— Refiere luego el poema cómo llegaron á Be- 
tlehén cuando comenzaban á segarse las cebadas; y 
cómo, inducida por Noemi, fuese Ruth á espigar en eí 
campo de Booz ; y cómo éste les ordenó á sus criados 
diciendo : — «Aunque ella quiera segar con vosotros no 
« se lo estorbéis. » 

— Aconsejada por Noemi lavóse Ruth, y ungióse, 



— 30 — 

y se puso sus mejores vestidos ; y una vez que Booz se 
fué á dormir, llegóse á é] y se echó y tendió, dice el 
poeta bíblico, por la parte de los pies de la cama, y 
alzó la capa de Booz y se cubrió con ella. 

« Y hé aquí que á media noche despertó el hom- 
^ bre despavorido y turbado, y vio una mujer echada á 
«sus pies,ydíjola: — ¿Quién eres? — Y ella respondió: — 
«Yo soy Ruth, tu esclava: extiende tu capa sobre tu 
« sierva porque eres mi pariente. Y él dijo: — Hija: 
«bendita seas del Señor, porque has excedido tu pri- 
« mera bondad con esta de ahora ; porque no has bus- 
«cado jóvenes pobres ó ricos. . 

« Todo el pueblo que habita dentro de mi ciudad sabe 
« que eres mujer de virtud. » 

— El casamiento de Booz con Ruth termina el 
poema, no sin trazar en breve pero animado cuadro los 
ritos ceremoniales del caso. 

— Había cierta costumbre antigua en Israel en- 
tre los parientes. Y era : que cuando el uno cedía su 
derecho al otro, para que la cesión fuese válida, quitá- 
base el cedente un zapato y se lo daba al cesio- 
nario. 

— Dijo, pues, Booz á su pariente: — « Quítate el 
«zapato; y él al punto quifcóselo del pie.»» 

— Verificada en tales términos la cesión, tomó 
Booz á Ruth por mujer, diciendo, á los ancianos del 
pueblo : — « Vosotros sois testigos. » Y respondieron los 
ancianos : — « Nosotros somos testigos . « Ha ga el Se- 
ñor con esta mujer que ehtra en tu casa, como con 
Raquel y con Lía, las cuales edificaron la casa de 
Israel. 

—La voz profética de Israel referente al Mesías 
Salvador, pone término á este poema, que nos ha 
conservado el oloroso candor de las primitivas eda- 
des. 



— 31 — 

CAPITULO V ^ 

POESÍA LÍRIGxi. — DAVID 



—Después de la maravillosa epopeya de El Gé- 
nesis, la más perfecta de cuantas posee el tesoro lite- 
rario de la humanidad, pues que entran á formarla 
Dios, la naturaleza y el hombre, es decir: — la omnipo- 
tencia, la fecundidad y el ilimitado deseo; después 
del Pentateuco siguen libros históricos tales como el 
de Josué, el de los Jueces, el de Samuel, el de los 
Reyes, el de las Crónicas y el de los Macabeos; y 
narraciones poéticas como la de Ruth, la de Esther, la 
de Judit, la de Tobías, intercaladas con las obras 
proféticas ó cánticos sagrados en que se aspira ya la 
grata fragancia de la lírica hebrea, que á veces enerva, 
á modo de filtro erótico, á veces arrebata y sublima, 
á veces asombra y abate. Porque son tan antiguas 
las formas líricas en la poesía hebrea, que, aun en el 
estado primitivo del Arte, surge ya en ella el lirismo, 
al modo de las nativas y graciosas florecillas, que, de 
trecho en trecho y con belleza peregrina, se ostentan 
en la majestuosa vegetación de las altas montañas. 
Así: entre la altisonante entonación que domina en 
El Génesis, oímos la voz apacible del patriarca Jacob, 
cuyo espíritu se derrama en proféticas bendiciones so- 
bre la frente de los padres de las tribus ; envuelta en 
el estrépito formado por la caída de las aguas del Mar 
Rojo, álzase la voz de Moisés en celebración de la glo- 
ria de Jehová ; el cántico de Balaán y algunos antiquí- 
simos fragmentos de poesía lírica, interrumpen las ári- 
das enumeraciones de Los Números; el de Débora 
domina el bélico tumulto de los Jueces ; y el Libro 
de Samuel queda indeleblemente sellado con la impon- 
derable elegía en que el Rey-Poeta lamenta la muerte 



— 32 — 

de los buenos que cayeron en la tierra infanda de 
Gelboé. 

— No es ésa, empero, ni con mucho, la voz lírica 
de Israel; aquella voz que domina los gritos de las 
. águilas, los rugidos de los leones, el piafar de los cor- 
celes ; voz cadenciosa como los rumores del lago de 
Genezaret, cuando en el silencio de la noche quiebra 
sus ondas sobre los guijarros de la playa ; terrible como 
el trueno que retumba en el Líbano; prolongada, conti- 
nua, misteriosa como los ecos del desierto. Nó: no es 
ésa la voz del pueblo de Israel, sino apenas sus hermo- 
sos preludios. Para gozar de ella en toda la plenitud 
de su arrobadora harmonía, es necesario oírla vibrar 
en el arpa del Fley-Poeta. 

— ¡Qué hermosa es la figura de David, y cómo se 
le ve misteriosamente conducido por los arduos sende- 
ros de la tierra ! La vida pastoril lo prepara para la 
doble gloria que ha de alcanzar como guerrero y como 
poeta. Sus conferencias con las estrellas durante largas 
noches; sus laboriosas fatigas bajo el calor del día; 
sus diálogos con los truenos y con los relámpagos en- 
tre el fragor de las tempestades, infundiéronle aspira- 
ciones misteriosas hacia lo infinito : numen ardiente, 
rápido, preciso, que se transforma en palabras y fra- 
ses de atrevida resonancia, casi siempre truncadas 
en ios labios por la precipitada afluencia de la emo- 
ción. 

— De aquella vida salvaje, á la par que sublime, 
salió el cantor de Israel maduro ya para los triunfos 
que dan el poderío y el Arte. Por eso cuando se apercibe 
á combatir con el gigante filisteo, recuerda haber ven- 
cido al león, que le destrozaba el rebaño ; y cuando 
describe la carroza de Jehová, compárala al piélago de 
nubes bañadas de luz que arrastra -ei viento por las 
cumbres del Libano. 

— La Poesía es el alma del lieroi-smo, como el he- 
pdsmo es la forma más bella de la Poesía. ¿Qué es el 



— 33 — 

héroe sino el poeta en acción? Guando Colón arranca 
á América de las prisiones del Océano ; cuando los 
franceses del 89 demuelen el mundo feudal entre los 
estupores de Europa; cuando el primer Napoleón, 
nuevo Gambises, huella con planta férrea los áridos 
huesos de los Faraones ; cuando Bolívar apostrofa al 
Genio de América desde las etéreas alturas del Ghim- 
borazo: ¿qué son tales hombres sino los grandes, los 
inspirados poetas de los pueblos? No importa que algu- 
nos de estos entes superiores asombren con faltas la 
soberana belleza de sus obras: la posteridad, volvién- 
dose de espaldas, cubre aquellas faltas con el piadoso 
manto del olvido: las sombras quedan bañadas en viví- 
sima luz. 

—David fue el héroe de sus propios cantos. Su 
vida es un poema de multiforme harmonía : poema 
que participa á un tiempo de la antigua epopeya por lo 
sobrenatural y del drama moderno por la animación ; 
epopeya y drama que se confunden en una expresión 
lírica, ardiente como el vino de las viñas de Engaddi, 
sublime como la idea de Dios, brillante y vaporosa 
como los espejismos del desierto. 

— Elsantuario de tal belleza son los Salmos, 
« Hasta hoy», dice un célebre literato contemporá- 
neo, «no se comprendían los Salmos en todos sus 
«pormenores, en toda la variedad de su expresión; 
« porque sólo se tenían imperfectas noticias de la na- 
«turaíeza y de los hábitos de Siria. El estilo de 
'. David es un traslado constante del colorido y de la 
«fisonomía de los lugares donde canta ; su5 imágenes 
«están tomadas de las colinas y de los valles del país 
«de Ganaán, de las perspectivas del desierto, de la vida 
«pastoril, tal como se encuentra hoy mismo bajo las 
« tiendas de los árabes. El pelícano de las soledades 
«deldumea; el gorrión, que deja oír su débil canto 
«entre las pálidas ramas del olivo; la paloma, que gi- 

5 LITERATURA HEBREA 



— 34 — 

« me en la copa de la palmera ó del ciclamor ; el águila 
«de Sannin, que se aparece al viajero como antiguo 
« testigo de la gloria de Jehová ; aquellos altos cedros 
« del Libano que sólo el Señor puede abatir, y aquella 
«yerbecilla escondida al pie de estéril roca, pero visi- 
« ble á los ojos de Dios lo mismo (jue las selvas de la 
« montaña; toda aquella naturaleza, que no se parece 
« en nada á ninguna otra, bulle en el krinnor del Rey- 
« poeta, con aliento de vida inmortal. Preciso es haber 
«oido retumbar el trueno en las montañas de Judea; 
« preciso haber escuchado resonar y prolongarse sus 
« estampidos de valle en valle con formidable majes- 
«tad, para comprender la naturalidad de las imágenes 
«*con que David habla del trueno como de la voz del 
«Eterno; ni creo engañarme áPañadir qne la idea del 
«Dios terrible en los cantos de David, es hija del som- 
« brio y tremendo espectáculo de las tempestades en las 
«montañas de Judea.» (*) 

— Pero para sacar de aquella lengua unisona cómo 
el viento del desierto, indecisa como el tumbo del true- 
no, abrupta como las montañas del Oreb ; para sacar 
de aquella lengua enjuta y pobre, relativamente ha- 
blando', que apenas dispone de corto número de adjeti- 
vos y de conjunciones, y expresa casi siempre en pre- 
sente las acciones de los seres; para arrancar, decimos, 
de tal instrumento sonidos majestuosos, acordes su- 
blimes, necesitábase del alma de David, quien, á ma- 
nera de águila, álzase hasta el foco del Sol y lanza 
desde alli gritos vigorosos que conmueven el espacio. 
Porque, asi como el arco de Ulises pedia poderoso 
brazo de acero para lanzar la flecha contra el blanco, 
de la propia manera la lengua hebrea pedia alma he- 
roica para mover la palabra y lanzarla rauda, irresisti- 
ble, impetuosa, envuelta en la viva luz de la idea, al 
cielo empireo, imán del Rey-poeta. 

(*) PoüJULAT — Historia de Jerusaléa. 



— 35 — 

— Rica en extremo debió ser la lírica hebrea, 
no sólo en el estilo ó tono religioso, sino también en el 
profano (erótico ó báquico); mas, así y todo, era tal 
el numen de David, que, á pesar de las claras demos- 
traciones de la crítica moderna para no reconocer como 
de él sino ochenta y cuatro salmos, el nombre del dul- 
ce cantor ha llegado á constituir el timbre de todo el 
salterio; acaso para manifestar, cosa indudable, que 
los inspirados poetas de Israel no son sino imitadores 
de aquel sublime ingenio, tan hábil en manejar la hon- 
da y la lanza, como en mover el plectro. 

— En efecto: ¿quién ha igualado á David como poeta 
lírico? La literatura moderna se enorgullece, y con 
razón, de poseer líricos que han alcanzado en el tiein- 
po la perfección del Arte; pero David, si canta en el 
tiempo, endereza sus cantos á la Eternidad. Diríase 
que su inspiración, como la luz, ilumina la tierra sin 
detenerse en ella, para ir á perderse en el piélago de lo 
infinito; yque, á fuerza de cantar el sagrado nombre 
del Dios- Vivo, sus labios han cobrado el fuego abra- 
sador del ascua que consume los sacrificios. 

— Creen algunos que las formas subjetivas de la 
Poesía pertenecen á la literatura moderna: y siii em- 
bargo, ni Gallego, ni Quintana,, ni Byron, ni Lamar- 
tine, ni Víctor Hugo, ni Heine, ni Becquer, ni Núñez 
de Arce, reyes con otros, de aquel estilo, lo han mane- 
jado aproximándose siquiera á David. 

íí Sentí que se inflamaba mi corazón», dice el Rey- 
poeta; « y en mi meditación se encendían llamas de 
íí fuego.» 

«Solté mi lengua diciendo: — Señor, hazme cono- 
« cer mi fin y cuál es el número de mis días. » 

«Cierto que habéis señalado á mis días término 
« corto, y toda mi vida es como nada en vuestra presen- 
«cía.» 



— 36 — 

«No acabéis con mi vida: ¿cómo podré después 
«de muerto cantar vuestras misericordias? Nó, Dios 
«mió: no pueden celebrarla las Mas cenizas del se- 
« pulcro.» 

«Me aflijo y suspiro sin cesar ; y cuando los otros 
«descansan por la noche, velo yo, inundando con lá- 
« grimas mi lecho, y regando conlágrimas mi estrado." 

—Dificultoso parece que el dolor humano encuen- 
tre nuevas expresiones para verter la emoción del alma; 
y sin embargo, la musa de Siloé es inagotable como las 
aguas de caudaloso rio. Oidlo clamar desde el tenebro- 
so abismo del pecado: 

« Tened piedad de mi, Dios mío, según la gran- 
«deza de vuestras misericordias.» 

« Contra Vos sólo pequé, y en vuestra presencia 
«cometi la maldad: perdonádmela. Dios mió.» 

«Atended, para moveros á compasión, á que en 
« iniquidad original me engendró mi padre y á que en 
« pecado fui concebido de mi madre. » 

— Si los acentos Íntimos de David son admirables, 
elévanse á lo sublime cuando celebra la grandeza de 
Dios en si misma ó reflejada en el Universo. 

— Oídlo describir el poder del Altísimo : 

— «Inclinó los Cielos y bajó á socorrerme : densas 
«nubes cubrían sus pies.» 

« Subió en un carro tirado de veloces querubines, 
*y voló como si fuese llevado en alas de los vientos.» 

« Alzó alrededor de sí oscuro pabellón que lo ocul- 
«taba : las nubes que lo cubrían amenazaban tempes- 
« tad á los mortales. » • 

« Cuando, abriéndose camino por en medio de las 
« nubes el resplandor de su terrible majestad, se re- 
« solvieron éstas en granizo y en rayos encendidos de 
«furor,» 

«Oyéronse espantosos truenos por el aire, y á la 
« voz del Altísimo partieron los rayos y el granizo, para 
« vengar mis ultrajes. » 



— 37 — 

«Abrióse la tierra, y descubriendo sus entrañas, se 
^ dejaron ver hasta los insondables abismos de las aguas . » 

"Al oír, Señor, vuestras amenazas; al soplo del 
«irresistible viento de vuestra ira." 

«Entonces, en media de aquella tan deeshecha 
«tempestad, me alargó la mano desde el Cielo, y me 
«salvó de la terrible inundación.» 

—Y luego, como atormentado por la resonancia de 
su propio lenguaje, ablanda los alambres de la lira con 
el roció de la mañana, báñalos con los primeros rayos 
de la aurora, y entona un idilio en que bulle la líente 
harmonía de la naturaleza. 

«Los cielos», canta, «publican la majestad y sabi- 
« duría del Dios que los creó; y el firmamento mismo 
« nos está convidando con su hermosura á que admire- 
«mos en él las grandes obras de un poder infinito.» 



«En los cielos, que Dios extendió como espa- 
« cioso tabernáculo, dio asiento al sol; el cual, seme- 
« jante á esposo gallardísimo, que con las más vistosas 
«galas sale por la mañana del tálamo nupcial, 

« Se descubre en Oriente ; y á semejanza de ro- 
« busto é infatigable atleta, con veloces pasos 

« Hace su carrera desde el un cabo hasta el otro 
« del Cielo, sin que haya quien no participe de su calor 
«y de su luz. » 

« A una sola palabra del Señor», dice en otro sal- 
mo, « fue fabricada la solidez de los cielos; y á un solo 
« aliento de su boca salió de la nada todo el hermoso 
« ejército de brillantes estrellas que los adorna. » 

«Encerró, como en un vaso, las aguas de los ma- 
«res, y en las concavidades de la Tierra, que son como 
«receptáculos, contiene sus abisnios.» 

—Tal es la poesía de David. 



— 38 — 

— Todo ha concurrido á inmortalizar los cantos del 
Gran lírico hebreo. La vida del Poeta : vida de lucha 
sin tregua, de sacrificios y de terribles pruebas al prin- 
cipio; de victorias y de triunfos luego; y, por último, 
de soberana grandeza, refléjase con perfecto brillo, con 
terribles sombras, en la obra de su ingenio ; ó, mejor 
dicho: de su alma; y realza, si cabe, el prestigio de 
la belleza. 

— Y es tal la verdad, alma de los cantares del 
Bardo-rey, que la humanidad ha visto en ellos la ex- 
presión fiel de todas las emociones del alma, desde el 
silencioso dolor que se repliega tristemente sobre si 
mismo, hasta la bulliciosa alegría que se asimila las 
manifestaciones de la naturaleza y las asocia á la santa 
embriaguez de sus ensueños. 

— Aprendemos los salmos en la voz cariñosa de 
nuestra madre, cuando, con amor indecible, nos incul- 
ca en el alma la adoración por la Divinidad; los reci- 
tamos en las varias situaciones de la vida, ora para 
afrontarnos con las tribulaciones, ora para entonar 
himnos de admiración y de alabanza ; y cuando cae- 
mos en los piadosos brazos de la muerte, la voz del 
Bardo de Israel acude á arrullar nuestro último sueño, 
para que nos sean propicias las regiones de la Eter- 
nidad. 

— Hé ahí el destino de la poesía lírica». Soñar los 
sueños generosos de la juventud; cantar las victo- 
rias ó gemir las desgracias de la edad viril ; y lamen- 
tar la pérdida de las ilusiones, cuando el crepúsculo de 
la muerte ocupa, silencioso, la zona encantada de nues- 
tros días floridos. 

^ — Eso hizo David ; y por ello, vivirá siempre en 
la memoria de la humanidad, cuyas faces psicológicas 
reproduce fiel y sucesivamente, como el eterno Proteo 
del Arte. 



— 39 — 

CANTO ELEGÍACO DE DAVID, CON. MOTIVO DE LA MUERTE 
DE SAÚL Y DE JONATÁS 



Herido caíste ¡ oh león de Judá ! sobre las alturas 
de los montes. 

Recuerda, Israel, á los que sucumbieron en las 
alturas. 

¿Cómo se dio que cayeran los valientes? 

¡ Silencio! No lo digáis en Get, ni llevéis la desas- 
trosa nueva á las calles de Ascalón, para que no se ale- 
gren las hijas de los filisteos ; para que no se enardez- 
can de júbilo las hijas de los incircuncisos. 

¡ Montes de Gelboé ! de hoy más ni el rocío ni la 
lluvia caigan sobre vosotros, ni haya vendimia en 
vuestro suelo ; porque en él fue quebrantado el escudo 
de los héroes : — el escudo del Rey; como si esteno 
hubiera sido ungido con el óleo santo. 

Nunca voló del arco la ñecha de Jonatás sin teñir- 
se con sangre de valientes; ni la espada de Saúl, refle- 
jó, ociosa, la luz de los cielos. 

Juntos vivieron Saúl y Jonatás, unidos por amo- 
roso vínculo; y juntos bajaron al imperio de la muerte. 

Ambos intrépidos : raudos como águilas, fuertes 
como leones. 

Llorad sobre Saúl ¡oh hijas de Jerusalén ! Sobre 
Saúl que no os vestirá ya de escarlata, ni os ataviará 
con joyeles de oro, para que brilléis en las fiestas á los 
ojos.del pueblo. 

¡Ay! ¿cómo cayeron los valientes? ¿Cómo caye- 
ron sobre el campo de batalla? 

Jonatás, corzo amable: herido fuiste; herido en 
la altura del monte. 

Pqr tí, hermano mío, reboza mi pecho de amar- 
gura. Tú, bello sobre toda belleza; amable sobre el 
amor de las mujeres. 



— 40 — 



Gomo la madre á su hijo único, así te amaba yo. 
¡Ay! ¿cómo cayeron los Yalientes? 
Las armas y los escudos de los héroes yacen rotos 
en torno de ellos. 



SALMO 



Primero y segundo coros. — Alabad á Jehová. 

Primer coro. — Gustosa á nuestro Dios y decorosa 
es la alabanza. 

Segundo coro. — El Señor que edifica á Jerusalén 
congregará á los dispersos de Israel. 

Primer coro. — El cura. los corazones, lacerados y 
venda las heridas de los que padecen. 

Segundo corq.— El cuenta la muchedumbre de las 
estrellas y las llama á todas por su nombre. 

Primer coro. — Jehová ayuda al oprimido y lo 
levanta. 

Segundo coro. — Jehová abate al opresor y lo hun- 
de en el polvo. 

Primer coro. — Adelantaos á' cantar al Señor con 
alabanza: tañed salmos á nuestro Dios con cítara. 

Segundo coro. — El cubre el cielo de nubes y vier- 
te lluvias sobre la tierra. 

Primer coro. — El produce en los montes heno y 
hierba para el servicio de los hombres. 

Segundo coro. — El da á las caballerías el manjar 
de aquéllas, y á los hijuelos de los cuei'vos que claman 
á El los alimenta. 

Primer coro. — No se recreará en la robustez del 
caballo ni en los pies robustos del hombre. 

Segundo coro. — Complácese el Señor en los que 
lo temen y en los que esperan en su misericordia. 



— 41 ^. 

Primero y segundo coros. — Alaba, Jerusalén, al 
Señor; alaba, Síón á tu Dios ; porque fortificó los ce- 
rrojos de tus puertas; porque bendijo á tus hijos den- 
tro de ti, y te dio por términos la paz, y te regaló con 
abundancia de trigo. 

Primer coro. — El envía su palabra á la tierra, y 
velozmente corre su palabra. El manda la nieve como 
copos de lana; como ceniza esparce la niebla. El envia 
el hielo en aludes : ¿quién resistirá sus aludes de hielo? 

Segundo coro. — Soltará su palabra y correrán 
deshechos los hielos ; pasará su aliento y las aguas 
volverán á correr. 

Primero y segundo coros. — El ha instituido á 
Jacob por depositario de su palabra ; El ha dictado sus 
juicios y sus sentencias á Israel. ¿Con cuál otro pueblo 
hizo otro tanto? ¿A qué otra nación regaló con sus 
leyes?- ¡ Alabad á Jehová í 



• CAPITULO VI 

continuación de la poesía lírica. — lamentaciones 
de jeremías 

—No obstante ser el Salterio la flor de la lírica 
hebrea, encontramos otra notabilísima colección de 
poesías de aquel género en las Lamentaciones ó Tre- 
nos de Jeremías, que tan justa fama han alcanzado; 
sien-do de advertir que en estas últimas la entonación 
es eminentemente nacional. 

—Porque mientras las pocas elegías que se leen 
en los libros históricos tienen por asunto las penas de 
algún individuo, las Lamentaciones lloran é'l tristísimo 
destino del pueblo judío y la ruina de Jerusalén ; en 
una palabra: el término de la vida nacional. 

6 LITERATURA HEBREA. 



— 42 — 

— Hé aquí cómo principia el Profeta-poeta:- «Y 
« aconteció que después de que Israel fue reducido á 
«cautiverio y quedó desierta Jerusalén, sentóse el pro- 
« fe ta Jeremías, llorando, y endechó sobre Jerusalén 
«esta lamentación; y suspirando con amargura de áni- 
« mo, y dando alaridos, dijo:— ¿Cómo está sentada so- 
« litaría la ciudad ayer llena de pueblo? Ha quedado 
« como viuda la señora de las naciones: la prinóesa de 
«las provincias ha sido hecha tributaria."' 

— Esta patética introducción basta para dar idea 
de la calamidad caída sobre Jerusalén y del poderoso 
estro del Poeta. ¡Qué cuadro el del anciano profeta 
sentado en las ruinas de la Ciudad santa, exhalando 
doloridas quejas sobre los males por él mismo predi- 
chos ; males que en vano quisiera apartar del pueblo 
con advertencias y predicaciones; males ciertamente 
merecidos, pero que no por eso dejan de destrozarle el 
corazón ! 

— Las Lamentaciones narran las desgracias de 
la Ciudad y del pueblo, desde la catástrofe que predijo 
y padeció el mismo Jeremías, hasta la agonía y la 
muerte de Jerusalén ; y ello con tal viveza de colores 
y tan expresiva tristeza en las imágenes, que bien 
puede decirse pesa sobre el dolorido cantor la calami- 
dad que agobia á la Patria. 

— « Los cafluinos de ^ón están de luto,»» dice, 
« porque no hay quien venga á las solemnidades; las 
« puertas destruidas, los sacerdotes gimiendo, las don- 
« celias desaseadas, y ella oprimida de amargura. »» 

— Y para complemento de la desolación: — «No 
«hay ley,» añade; «los profetas no hallaron la visión 
« del Señor. « Frase que lo expresa todo con aterrador 
laconismo; porque cuando muere la justicia en la 
tierra y no baja de lo Alto inspiración para los buenos, 
es imposible la redención de las generaciones ac- 
tuales. 



I 

— 43 — 

'—Por eso, según la expresión del Profeta, callan, 
sentados sobre la tierra, los ancianos de la hija de 
Sión, y polvoréanse con ceniza la cabeza, y ciñense 
con cilicio ; y hunden la frente en el polvo las virge- 
nes de Jerusalén. 

— El cuadro que traza Jeremias del hambre 
caída sobre Jerusalén, hace erizar los cabellos: — 
«El dragón dio de mamar á sus hijos, la fiera dio le- 
« che á sus cachorros : la hija de mi pueblo fae cruel 
«como el avestruz en el desierto. La lengua del niño 
«de pecho se quedó pegada al paladar por la sed; los 
«que comían deliciosamente en los palacios murieron 
«de hambre en las calles; los que se criaron en la 
« púrpura revolcáronse en el estiércol." 

— «Las Lamentaciones,» dice uno de los más fa- 
mosos literatos españoles (Juan Donoso Cortés), «son 
como el paño fúnebre que echa Jeremias sobre la ciu- 
dad de David.» — Dicho enérgico y expresivo porque 
pinta la calamidad como sudario del crimen. 

— Jeremías es el dechado del justo y del patriota, 
y sus Lamentaciones servirán siempre de modelo á los 
que tengan que llorar las calamidades acarreadas á la 
patria por el desprecio á la justicia y el olvido de 
Dios. 

— Los hebreos designaban estas elegías con el 
nombre de Kinoth, en griego Threnoi, en latín Thre- 
ni; pero más frecuentemente las llamaban con la pa- 
labra que principia los dos primeros cantos, á saber: 
Eká; exclamación que equivale á esta: ¡ Ay ! ¿Cómo. . . . 



44 — 



CAPITULO VII 



CONTINUACIÓN DE LA POESÍA LÍRICA. — EL CANTAR DE 
LOé CANTARES 



— Aunque la poesía de Israel, como todas las 
manifestaciones de su civilización, estaba subordinada 
á destinos religiosos; ala par de los Salmos, venero 
inagotable de lirismo sagrado, álzase otro monumento 
de poesía lírica, cuya perfección pone de manifiesto la 
existencia de poemas eróticos en las bellas letras he- 
braicas. Demás de esta circunstancia, ya decisiva por 
sí misma en abono de tal opinión, existen las enérgi- 
cas reprobaciones de Amos y las de Isaías, con alusión 
á los cantos báquicos que apartaban á Israel de las 
vías de Jehová y lo llevaban á doblar la rodilla, como 
las gentes idólatras, ante dioses quebradizos, obras de 
las manos de los hombres. 

— Desde el punto de vista del Arte, El cantar de 
los cantares pertenece al género erótico, sin que por 
esto se niegue la alegoría mística que le atribuyen 
tanto los doctores judíos como los expositores cris- 
tianos. 

— Algunos críticos modernos han calificado de 
dramáticos estos poemas, en los cuales, según ellos, 
celébrase la fidelidad de cierta pastora, quien, llevada 
á la brillante corte dé Salomón, rechaza todas las 
seducciones; alcanza, por último, la libertad; y re- 
gresa á su país nativo, donde la espera el elegido de 
su corazón. Este sentir, establecido por Ewald, desen- 
vuelto y sostenido por Hitzig, y en el cual abunda 
Nóldeke, tiene en su contra, además del juicio tradi- 
cional que ve en El cantar de los cantares una co- 
lección de poemas lírico-eróticos, el muy respetable 



— 45 — 

del autor de la Historia de la Poesía de los hebreos : 
el orientalisia Herder, que lo gradúa de poema eró- 
tico. 

—El cantar de los cantares es una serie de poe- 
mas idilicos, enlazados entre si por la identidad de la 
idea, al modo de las églogas dialogadas de Virgilio 
ó de Garcilaso, por no citar otros de igual forma y 
esencia. 

— No ha sido menos grande la influencia de- estos 
poemas en la literatura cristiana qae lo fuera en la 
hebraica, pues en una y en otra se les ha consi- 
derado como altisima alegoria de profundo y trascen- 
dental sentido; tan asi, que el judio Akiba, sabio tal- 
mudista que floreció en el siglo segundo de nuestra 
era, reputa como el más sagrado de los agiógrafos al 
autor de aquéllos; y Orígenes consagra nada menos 
que diez volúmenes á comentarlos. Ello es que, poemas 
dramáticos ó cantos lirico-eróticos, El cantar de los 
CANTARES despliega á nuestra vista cuadros acabados 
donde la pasión de las pasiones: — clamor, alcanza 
la más perfecta, al par que la más pura expresión de 
los afectos. -Todo es alli ingenuo como la madre Natu- 
raleza ; y sin embargo, todo es santo hasta el punto 
de poder servir de recreación á la inocencia misma. 
Diriase la desnudez del niño, que expone á la vista de 
todos sus naturales formas sin mengua del pudor. 

— «El cantar de los cantares,» dice Voltaire, 
« es el más tierno de los poemas y acaso el único de su 
« género que á nosotros haya llegado desde los tiempos 
«más remotos. Todo respira ahi cierta sencillez de 
« buenas costumbres que por si sola bastarla para cali- 
«ficarlo de precioso; y hasta se descubre en él algo de 
« la poesia dramática de los griegos. » 

—-Nadie ha igualado al autor de El cantar de 
LOS cantares ni 'en la expresión de los afectos, ni en 
la pintura del objeto amado ; asi como nadie ha sabido 
envolver idénticos cuadros con cierta atmósfera miste- 



— 46 — 

riosa que produce la embriaguez del alma. Y si de lo 
subjetivo pasamos á lo objetivo, no es menos perfecto 
el arte del Poeta, cuyos similes ostentan el movimien- 
to apasionado de la poesia hebrea. 

— El nombre de la Amada es fragante como los 
más exquisitos ungüentos, como óleo derramado; y 
el beso de su boca más sabroso que el vino : — el vino 
que alegra el corazón del hombre. 

-rY el Amado como hacesito de mirra puesto so- 
bre el pecho de la Amada ; como racimo de cipro en 
las viñas de Eng^ddí. 

— La naturaleza no debia quedar excluida del co- 
loquio de aquellos amantes que piden los sostengan 
con flores, y los cerquen de manzanas, porque desfa- 
llecen de amor; y hé aqui que la voz del Amado se 
deja oir llamando á la Amada: — «Levántate, apresú- 
« rate, amiga mia, pnloma iiiia, hermosa mia, y ven. — 
« Pasó el invierno, se fué la lluvia; y las ñores apare- 
« cieron, y la voz de la tórtola resonó en el valle: la hi- 
« güera dio sus brevas, las viñas en cierne exhalan ya 
« su olor. Levántate, amiga mía, hermosa mia, y ven. » 

— Así los doctores hebreos, como los expositores 
cristianos tienen á Salomón por autor de estos bellísi- 
mos poemas; y creen muchos de los últimos que el 
sentido histórico y literal de este Libro mira en la ma- 
yor parte de él á los desposorios de Salomón con la 
hija del rey de Egipto. 

— Fray Luis de León en el Prólogo sobre los 
CANTARES pondcra el modo cómo responden en ellos 
los conceptos á las pasiones que los mueven ; y cómo 
nacen éstas, por natural concierto, entre los arrebatos 
del alma poseída de celestial amor. Los diversos senti- 
dos que pueden darse al Libro, proceden indudable- 
mente, según el sabio Padre, de la lengua en que se 
escribió (la hebrea), naturalmente obscura por misterio- 
sa, y de cortas razones á causa de su índole eminente- 
mente sintética. 



— 47 — 

—El sentido alegórico de El cantar de los can- 
tares fue trasmitido á .los cristianos por los judios, 
quienes sentían, con el sabio talmudista Akiba, ya ci- 
tado:— «Que el mundo entero no vale tanto como el 
««día en que el Cántico fue dado á Israel. « 



CAPITULO VIII 



HISTORIA. — I LOS CUATRO LIBROS DE LOS REYES. — 

II LOS PARALIPÓMENOS. — III ESDRAS Y NEHEMÍAS. — 

IV LOS MACABEOS 



I 



— La unidad de la narración histórica principia, 
propiamente hablando, entre los hebreos, con los cua- 
tro Libros de los reyes. 

— Samuel, el último de los Jueces, enlaza, puede 
decirse, el Libro de éstos con el primero de los 
Reyes. 

—La vida aventurera tocaba á su término; y las 
tribus iban á sentarse por fin en el mismo, único hogar, 
protegidas por el Dios verdadero. 

— La obra de Moisés alcanzaba su cumplimien- 
to : la figura del Templo, vínculo social, religioso y 
político de Israel, se dibujaba en esperanza. 

• — En los cuatro Libros de los reyes refiérense 
los hechos de Judá y los de Israel, desde cuando se dio 
principio al gobierno monárquico, hasta el cautiverio 
de Babilonia; lo que comprende el espacio de quinien- 
tos setenta años, distribuidos así: cien, poco masó 
menos, en el primer libro; cuarenta en el segundo; 
ciento veinticinco en el tercero ; y trescientos cinco en 
el cuarto. 



— 48 — 

—En los dos primeros Libros se trata del gobier- 
no de Heli, del de Samuel, d.el de Saúl y del de David ; 
y en los dos últiinos del de Salomón y del de los otros 
reyes de Judáque le sucedieron, hasta Sedéelas; y se 
narran también los hechos de Jeroboán y de sus suce- 
sores en el reino de Israel. 

— No están de acuerdo los expositores cuanto á la 
paternidad de los Libros de los reyes. Según algunos, 
Samuel, escribió los veinticuatro capítulos del primero, 
y Gad y Natán lo concluyeron y escribieron el segun- 
do Libro. 

— La opinión más corriente, y al parecer fundada, 
es: que Esdras, con vista de los originales de Samuel 
y de Las memorias de los cronistas del tiempo de David, 
lo redujo todo á cuerpo de obra. 

— Por lo que mira al tercero y al cuarto, unos los 
atribuyen á Jeremías, á Isaías ó á otros profetas. Opi- 
nan otros que Salomón y sus sucesores hicieron escri- 
bir los anales de sus reinados; y aun hay quiénes sostie- 
nen que los profetas escribieron las vidas de los reyes 
de sus respectivos tiempos. 

— Esta última opinión parece ser la más cón- 
sona con la sana critica; pues en la narración que 
traen los libros de que se trata, adviértese ya el anun- 
cio de la Filosofía de la Historia que constituye el al- 
ma de la literatura profética; es decir: el ordena- 
miento misterioso pero "infalible de los acontecimien- 
tos humanos, por la potestad de una Providencia, si 
misericordiosa, justiciera. 

— Con dificultad habrá otra Historia que pueda 
compararse con ésta, ni en la variedad y alternativa 
de los sucesos, ni en la candorosa expresión de ellos, 
ni en la amenidad del relato; y, sobre todo, en los ejem- 
plos que allí se presentan para alta enseñanza de pue- 
blos y gobiernos. 

—Desenvuélvese á veces la historia de Israel co- 
mo apacible idilio, á veces como tragedia sangrienta; 



— 49 — 

pero de todas maneras la intervención de lo Alto se 
manifiesta en ella para sellar los sucesos con terribles 
castigos ó con magnificas recompensas. 

— Saúl pasa de pastor de rebañóse caudillo de 
pueblos ; y mientras se aconseja con la justicia y con 
la prudencia, gobierna á Israel para felicidad de todos. 
Pero llega un dia en que no confia en la ley sino en la 
fuerza; y cae, vencido él mismo por la fuerza. 

— Funda David la metrópoli hebrea sobre victo- 
rias inauditas; concibe la máquina del Templo cuya 
fábrica lega á su hijo Salomón; acumula riquezas fa- 
bulosas; pero mancha sus hazañas con injusticias que 
claman á lo Alto. Entonces la mano de Jehová se endu- 
rece sobre la cerviz del Rey prevaricador, quien true- 
ca la púrpura real por el saco del penitente y la bri- 
llante corona por Ja triste ceniza. La expiación lava 
por fin la culpa, y el pecador se purifica en las aguas 
del arrepentimiento. 

— Hereda Salomón el poderlo de David: constru- 
ye el Templo y lo dedica al Eterno entre las jubilosas 
aclamaciones de un pueblo que ha alcanzado el pinácu- 
lo de la grandeza. Dios se complace en acumular sobre 
Salomón todas las felicidades de la tierra ; el hijo de 
David es el más sabio y el más rico de los monarcas ; 
no reconoce limites su sabiduría, ni tiene rival la mag- 
nificencia de su reino. 

— Pero aquel reinado, que bien puede llamarse 
la apoteosis en vida de un monarca, termina en la 
claudicación y en el cisma. Dioses gentiles, obras de 
manos humanas, reemplazan al Dios verdadero y le 
usurpan las adoraciones ; y aquel rey sabio y felicisi- 
mo que puso la sabiduría e7i proverbios y concluyó por 
llamar vanidad á la sabiduría (Juan Donoso Cortés), 
convierte su palacio en morada de Ídolos: — los ídolos 
de concubinas extranjeras, ante quienes se prosterna 
el caduco monarca. 

7 LITERATURA HEBREA 



— 50 - 

— Ni paró aquí la catástrofe acarreada por la con- 
ducta de Salomón. Reemplázalo en el trono su hijo 
Ruboán, á quien estaba reservado presenciarla disolu- 
ción del imperio ; pues acaudilladas por Jeroboán las 
diez tribus del norte, y so pretexto de no poder sopor- 
tar tributos excesivos, rompen la unidad nacional es- 
tableciendo en Samada la capital de otro reino, y la 
unidad religiosa adoptando la idolatría egipcia. 

— El nuevo reino se llamó Israel, y reino de Judá 
el que formaron la tribu de este nombre y la de Benja- 
mín, únicas que permanecieron fieles al hijo de Sa- 
lomón. 

— «La historia de los dos reinos, « dice uno de 
nuestros historiadores (Juan Vicente González),. ^ fue 
«lucha encarnizada en que, para agobiará su rival, 
« cada uno buscaba el socorro de gentes extranjeras, 
«que mancharon la Tierra de Promisión.» Y añade: — 
« Fue aquello una serie de infidelidades, de convulsio- 
« nes y de crímenes; y la lista de sus reyes fatiga dolo- 
«rosa é inútil para el corazón y para la memoria," 



11 



— Los dos libros de Los Paralipómenos ocupan 
señaladísimo puesto en la literatura hebrea, no sólo 
con respecto á la historia general de ella, sino tam- 
bién cuanto al espíritu religioso del que se ha llamado 
Pueblo de Dios. 

— San Jerónimo dice de Los Paralipómenos, que 
son los libros por excelencia, y los llama Las Crónicas 
délas CrÓ7ticas; añadiendo que todo el conocimiento 
de las escrituras se encierra en aquéllos por lo que mi- 
ra á la inteligencia de la historia, 

— No ha de entenderse, empero, el concepto del 
Santo respecto de la narración de los hechos, propia- 



^sí- 
mente hablando, sino del espíritu religioso y de la ad- 
ministración civil del pueblo hebreo; pues aquéllos 
están copiosamente dichos asi en el Pentateuco como 
en el Libro de Josué, en el de Los Jueces j en los de 
los Reyes. 

— Dos objetos se propuso el historiador de Los 
Paralipómenos ; y fueron los siguientes: el primero 
y principal, el restablecimiento del culto del Dios ver- 
dadero, según las majestuosas ceremonias prescritas 
por Moisés y establecidas por David y por Salomón ; 
culto y ceremonias obscurecidas en los años del cauti- 
verio. 

— De ahí el cuidado y esmero con que se describen 
el Templo, los vasos sagrados y los utensilios todos 
del culto nacional ; y la puntual enumeración .de la 
tribu de Leví, según todas sus ramas, y sus funciones 
y ministerio en el culto del Señor. 

— El segundo de los objetos dichos, fue: que cada 
familia al regreso de la cautividad entrase á poseer la 
heredad de sus mayores, según la distribución hecha 
por Josué. Por eso dice prolijamente el Autor la ge- 
nealogía de los patriarcas, cabezas de las primitivas 
familias, y en especial la de aquéllas que se habían 
multiplicado en mayor número y extendídose en otras 
ramas durante el cautiverio. 

— Gomo la expectación del pueblo hebreo en el 
Mesías Salvador constituía, puede decirse, el alma de 
su existencia; y como este Personaje divino debía na- 
cer de la familia de David, abundan los libros sagra- 
dos en la genealogía del Verbo. En tal virtud, no debía 
faltar esta noticia en Los Paralipómenos, que dan en 
los ocho primeros capítulos del libro primero, una 
lista ó nómina de los principales descendientes que 
tuvo Adán y de las genealogías de Abraham, de Isaac, 
de Jacob y de los hijos de éste, para hacer constar en 
todo tiempo que el Mesías descendía de Abrahan en la 
tribu de Judá y era del linaje de David. 



— 52 — 

—En. el resto del libro primero refiérense las 
guerras de Saúl con los filisteos y algunas acciones 
señaladas de David, de que no se ha hablado en el 
primero ni en el segundo Libro de Los Reyes. 

— Narra el segundo libro de Los Paralipóme- 
Nos en treinta y seis capítulos el reinado de Salomón 
y el de sus sucesores, los reyes de Judá; y también el 
de los reyes de Israel, hasta el tiempo en que Giro, 
rey de Persia, dio libertad á los judíos y les permitió 
regresar á Jerusalén y reedificar la Ciudad y el 
Templo. 

— Ignórase quién es el autor de estos importantes 
Libros. Los hebreos y muchos intérpretes cristianos 
atribúyenselos á Esdras, doctor de la Ley y sacerdote, 
á quien, según ellos, ayudaron en la obra los profetas 
Zacarías y Ageo. 



III 



—Esdras, el Príncipe de los doctores de la Ley, 
según lo han confirmado los hebreos, es el restaurador 
de la unidad nacional fundada en la fiel observancia de 
la verdad religiosa. 

—Cuatro libros del Antiguo Testamento llevan 
su nombre, pero solólos dos primeros son reconocidos 
por auténticos. 

— Refiérese en ellos cómo el año séptimo del reina- 
do de ArtajerjesLongimano, vino Esdras á Judea acau- 
dillando crecido número de sus compatriotas pertene- 
cientes á las tribus de Judá y de Benjamín. 

— Si ardua era la empresa de reejlificar la Ciudad 
y el Templo, dificultosa en extremo; si no imposible, 
presentábase la de restaurar á su pureza primitiva la 
obsevancia de la Ley y de las prácticas religiosas, pues- 
tas en olvido la una y las otras á causa del enlace con 



; — 53 — 

mujeres extranjeras los judíos que hablan permanecido 
en la patria. 

— Esdras, empero, llevó al cabo la obra valiéndo- 
se de la alta autoridad con que lo investía su virtud. 

— Las mujeres extranjeras y sus hijos fueron ex- 
pulsados, y con ellos las adoraciones de los falsos 
dioses. 

— Aunque se llaman de Esdras los dos libros 
á que se viene haciendo reíerencia, sólo la primera 
parte del primero de ellos fae escrita por aquél : la se- 
gunda parte y el libro segundo débense á Nehemias. 
Tal es el sentir de los expositores cristianos. 

— El primero de los libros de Esdras contiene 
la historia del regreso de los judíos á su patria, y llega 
hasta el año vigésimo del reinado de* Artajerjes Lon- 
giraano; el segundo alcanza hasta la solemne dedica- 
ción de los muros de Jerusalén; ambos libros com- 
prenden un espacio de ciento trece años. 

— Con la reedificación del Templo quedaba de 
nuevo establecido el vínculo de la nación hebrea. 

— Dividió Esdras las Escrituras en tres partes, 
á saber : la Ley, los- Profetas y los Salmos, división 
conservada por los judíos y por los cristianos ; y obra 
de él fue la educación religiosa de los judíos restitui- 
dos á Jerusalén. 

—Tales títulos lo han hecho acreedor á que se le 
tenga como el Moisés del regreso de su pueblo á la 
Tierra de Promisión. 

— Jerusalén yacía aún entre ruinas, cuando Ne- 
hemias, copero de Artajerjes, obtuvo permiso de éste 
para reedificar la ciudad de David, no sin la obli- 
gación de volver á Babilonia, una vez terminada la 
obra. 

— Hizolo así, en efecto, pero nó tardó en regresar 
con el título de Gobernador de Jerusalén, en el ejerci- 
cio del cual cargo consagróse á la realización de refor- 
mas útiles para el pueblo. 



— 54 — 

—Su Última, benemérita labor, fue la reunión 
de los Libros Santos esparcidos por varios paises; 
reunió también los edictos de los reyes extranjeros fa- 
vorables á losjudios; y formó 'con todo ello una bi- 
blioteca. 

— Tres varones ilustres repusieron á la ciudad 
de Jerusalén en posesión de su antigua gloria: Zoro- 
babel, que reedifica el Templo; Esdras, que restable- 
ce la sociedad civil sobre la base inconmovible de la 
verdad religiosa; y Nehemias, que restaura la po- 
blación. 



IV 



—La vida y los hechos de los Macabeos presen- 
tan argumento acabado para más de un poema épico. 

— Dios, ia Patria y la Libertad, es decir: lo di- 
vino, lo heroico y lo noble, inspiran y mueven á aque- 
llos varones esforzados que restauran el culto del Dios 
Vivo, del Dios de sus mayores; reconquistan la inde- 
pendencia de la Patria ; y devuelven la dignidad á sus 
conciudadanos. 

— No en vano fue grande Eleazar, cuando en me- 
dio del contagio público ofrenda la vida en aras del 
deber religioso; ni aquella madre, heroina anónima 
para mayor grandeza suya, que padece siete veces la 
muerte en otros tantos hijos inmolados á su vista: — 
los Macabeos recogen tan altas enseñanzas y sacan 
triunfante la insignia de Israel. 

— Matatias, sacerdote de la estirpe de Joarib, re- 
tirase con sus cinco hijos, Juan, Simón, Judas, Elea- 
zar y Jonatás, á la montaña de Morin, cercana á Jeru- 
salén ; y rechazando las intimaciones de los comisiona- 
dos de Antioco IV (Epifanes), rey de Siria, apellida 
guerra contra el invasor extranjero, enemigo del Dios 
de sus mayores y de la independencia de la Patria. 



— 55 — 

— Pero al anciano levita apenas le cupo dar el alto 
ejemplo: murió ^n hi(£7%a ?;^J^^, exhortando á sus hi- 
jos al cumplimiento del deber, como lo cumplieron en 
todo tiempo sus gloriosos progenitores, y designando 
á Simón para varón de consejo y á Judas por caudillo 
militar de sus conciudadanos. 

— Judas, apellidado por su valor — el que hiere, el 
que pelea; es decir: Macabeo, dioeste nombre á todos 
los suyos, quienes también fueron llamados Asmoneos, 
palabra que úgmñQ>2i principe, embajador. 

— Bien merecía tal dictado el valeroso judio que 
con escaso número de compatriotas osa desafiar no sólo 
el poderlo de Antioco, sino también la indiferencia y 
aun ia enemiga de los suyos. La fe en el Dios de sus 
mayores y el amor á la Patria le inspiran invencible 
aliento; y Filipo de Frigia, Gobernador de Jerusalén; 
y Apolonio, Gobernador de Samarla, caen vencidos; 
y Serón, y Nicanor, y Gorgias, y Lisias, y Timoteo, y 
Báquidas corren igual suerte. 

— Algunas veces, dice el texto sagrado, la escasa 
hueste comandada por Judas se turba á la vista del 
enemigo, con mucho superior á ella; pero el valeroso 
Macabeo la repone y la alienta infundiéndole la altísi- 
ma idea de que sólo el Dios de Sabaot es el Dios de los 
ejércitos, el Dios de la victoria. 

— Entra, por fin, triunfante Judas en la metrópo- 
li de Israel y purifica el Templo; mas, no hace otra 
cosa sino tomar posesión de un desierto cubierto de 
ruinas. El invasor extranjero dominaba el Alcázar, y 
la alegría estaba desterrada de la ciudad de David, 
donde no resonaba ya ni flauta ni cítara. ¡Triste tran- 
ce el del vencedor á quien sólo saluda el silencio en el 
solar paterno redimido por su heroísmo ! 

— No decae, empero, el ánimo del soldado de 
Dios, que limpia de escombros la Ciudad, transforma 
en edificio las ruinas del Santuario y hace desaparecer 
los impuros Ídolos extranjeros; tras de lo cual barre 



— 50 — 

de enemigos no sólo el país de Jerusalén, sino el de 
Galilea, el de Hebrón, el de Azoto, y aun el del otro 
lado del Jordán. 

— Ensoberbecido el enemigo lanza al joven An- 
tioco Eupator al frente de cien mil peones y veinte mil 
ginetes contra los valerosos judíos. No amedrenta á 
Judas el bélico aparato; antes bien, lánzase contra el 
enemigo, y cubre la tierra con seiscientos cadáveres. 
Pero aquello no fue sino una victoria sin triunfo : la 
superioridad del enemigo era siempre abrumadora, 
por lo cual resolvió Judas encerrarse en la Cindadela 
alrededor del Templo, donde resistió con felices resul- 
tados hasta el punto de que Antioco celebrase con él un 
convenio que tenía por base la restauración del culto 
del Dios de Israel. 

— Muerto Antioco Eupator y exaltado al Imperio 
Demetrio, renuévase ía guerra contra Jerusalén; é 
igualmente renuévanse las inauditas hazañas de Judas 
y de sus valerosos compañeros. Preséntase otra vez 
Nicanor en la contienda, pero para caer, primero ven- 
cido en Gafarsalama y muerto luego en Adarsa. La 
victoria vivía de asiento Bajo las banderas del Ma- 
ca beo. 

— De tal manera personificó Judas la suerte de 
Israel, que por primera vez se dio el caso de reunirse 
en un mismo individuo el poder religioso y el poder 
civil. A la autoridad civil y política unióse, pues, en 
Judas la de Gran Saíírificador, para sostén de la exis- 
tencia nacional. 

— Comprende, ello no obstante, el esforzado Cau- 
dillo, que la lucha contra el macedón es infructuosa 
por interminable; y en tal virtud, solicita y obtiene la 
alianza del pueblo romano, de quien recibe el de/creto 
del caso grabado en láminas de bronce. Por primera 
vez se encuentran en la Historia aquellos dos pueblos 
que cambian la civilización universal, el uno codifi- 
cando el derecho y formulando la justicia, el otro pío- 



— 57 — 

clamando á la faz del cielo la unidad de Dios y la uni- 
dad del género humano. 

— Pero la protección de Roma se hizo esperar, y 
no llegó á conocimiento de Demetrio sino cuando éste 
habla enviado nuevas tropas contra Jerusalén. Báqui- 
das y Alcino al frente de veinte mil soldados amena- 
zan á Judas, quien apenas dispone de tres mil com- 
pañeros. 

— Nunca apareció tan grande el Macabeo como 
en este apurádisimo trance, pues aterrorizada su redu- 
cida tropa desbandase en su mayor parte, quedando 
sólo al Caudillo ochocientos combatientes. 

— Y aun estos mismos quieren esquivar el combate 
haciéndole presente que era temeridad el aceptarlo. 
«Líbrenos Dios,» dijoles Judas, «de huir delante de 
«nuestros enemigos: si nos ha llegado la hora, mu 
«ramos valerosamente antes que mancillar nuestra 
«gloria.» 

— Al frente, pues, de ochocientos heroicos com- 
pañeros resiste Judas el embate de veinte mil enemi- 
gos; rómpelos en una de sus alas; hace milagros de 
valor; pero el defensor del derecho cae, por fin, abru- 
mado por el peso del número. 

— «Aquella derrota», dice un historiador contem- 
poráneo (Poujulat), « fue más gloriosa que todas sus 
anteriores victorias. » 

— La Escritura Santa, con su lenguaje de vigo- 
rosa elocuencia, trae el elogio de Judas Macabeo en 
una sola frase: — «Gayó Judas, y cuantos lo acompaña- 
ban huyeron. « 

— El pueblo de Israel lloró la muerte de su Cau- 
dillo con llantos y lamentos que recuerdan los que al- 
zara la musa divina del Rey-poeta cuando cayeron 
Saúl y Jonatás en la tierra de Gelboé. — «¿Cómo ha 
«perecido el Campeón que salvaba al pueblo de Israel; 
«el que protegía con su espada el campamento?» 

8 LITERATURA HEBREA 



— 58 — 

— Judas Macabeo aventaja á Aquiles en el valor 
y lo sobrepuja en los propósitos; porque cuando el Hé- 
roe griego pelea protegido por los dioses y movido por 
la venganza, el Caudillo hebreo, después de hazañas 
humanas verdaderamente inauditas, cae combatiendo 
por el Dios de su fe, por la independencia de su patria 
y por la libertad de su pueblo. 

— El espíritu del denodado Macabeo se trasmite á 
surhermanos. Jonatás sucede á Judas y casi renueva 
las hazañas de su glorioso antecesor; hazañas que se- 
lla con la victoria de Cades ó Cedes de Nepthalf. 

— La traición pone término á la gloriosa carrera 
del Héroe. Preso en Tolemaida por el pretenso usur- 
pador Diototes y asesinado luego por Trifón, asume 
Simón el mando supremo con aplauso de todo Israel. 

— Aprovéchase Simón de las desavenencias da los 
príncipes que se disputan el imperio de Siria, y re- 
cupera la antigua herencia de Jerusalén. Posesiónase 
de la Ciudadeia, ocupada por el enemigo durante vein- 
tisiete años; restaura solemnemente el respeto de 
aquel lugar santo; y en una asamblea de todo el pue- 
blo queda constituido en Sumo Pontífice, Gran Caudi- 
llo y Príncipe de los judíos. 

— El Gobierno de Simón Macabeo afianzó la paz 
en la justicia y el orden en la libertad. La pintura 
que hace de aquella época el historiador sagrado es 
superior á toda alabanza: — « Cada cual», dice, «culti- 
« vaha tranquilamente su campo; el país de Judá pro- 
«ducía opimas cosechas; los ancianos, sentados alas 
«plazas públicas, departían sobre la abundancia de los 
«bienes de la tierra; y engalanábanse los mancebos 
« con ricos vestidos. Cada uno se sentaba á la sombra 
«de su parra ó de su higuera, sin que nadie le infun- 
« diese temor. »5 

—La Judea obtuvo durante elgobierno de Simón 
el respeto de los reyes comarcanos ; y hasta recibió de 



— 59 — 



Lacedemorxia y de Roma fianzas de paz expresadas en 
cartas amistosas. 

— Y sin embargo: este Caudillo, tan heroico en 
las armas como justiciero en el consejo, pereció victi- 
ma de una traición urdida por su propio yerno, Tolo- 
meo, quien lo hizo asesinar, asi como á dos hijos del 
mismo Simón. 

— Juan, á quien se apellidó Hircano, hijo de Si- 
món, reemplaza á su padre en el Supremo Sacerdocio 
y en el Principado; pero sus hechos y su vida no se 
refieren en los libros de los Magabeos, cuyo autor nos 
remito á los Anales del Sacerdocio, obra que, sin 
duda, se ha perdido. 

— El historiador judio Josefo refiere algo del go- 
bierno del hijo de Simón, á quien pinta digno mante- 
nedor de su estirpe, pero al propio tiempo el último 
representante de la gloria judia. 

— Después de sangrientas intrigas y de crímenes 
cobardes entre los que sucumben sucesivamente el 
primer Aristóbulo, Alejandro Janeo é Hircano II, el 
segundo Aristóbulo mendiga el apoyo de los romanos 
con serviles tributos, sin que la infamia logre afir- 
marlo sohre un trono minado ya por la cobardía y los 
vicios. 

—Aristóbulo II desciende del trono para ir á ador- 
nar la pompa triunfal del gran Pompeyo; y el here- 
dero del nombre y de las glorias de los Magabeos entra 
como trofeo servil en la misma ciudad que habia acó- 
gido con aplauso álosembaja^' ^^v de. Judas. 

— Cuatro son los Libr "" ' ¿e ^- Magabeos, pero 
sólo dos sé tienen por au'^j^ , ^^s B- es los últimos 
fueron escritos después de^í^^ ^q\ p^'^sdras, quien, 

como se ha dicho, order el *^^^^ ^^a (ivi ^.grituras. 

—Ignórase quier, si^aco» ^^^^^ B\ }'^ rimero de 
aquellos libros, escrij^e Aos^^^ ^^g^vers^^' -Oie usaban 
los hebreos §n la épr^ de ong^^'"^ '^lexto pri- 

mitivo se perdió, y ¡^ griega. 



— 60 — 

— El libro segundo, como se dice en el mismo 
(cap, II, ver. 24), es un compendio de los cinco libros 
de Jasón de Sirene, escrito;* judio lleno de piedad y 
de celo religioso. 

— Con los Magabeos termina la sucesión legitima 
de los reyes de Judá, cuyo cetro pasa á gentes extran- 
jeras; hecho éste que señala y fija el promedio de los 
tiempos. 

— Para conmemorar el vencimiento de los judios, 
acuñó Roma una medalla en que se representa el cau- 
tiverio de Judea bajo la figura de triste y desolada ma- 
trona sentada al pie de| una palmera. 



CAPITULO IX 



NARRACIONES HISTORICO-POETICAS. — I EL LIBRO DE 

TOBÍAS. — II EL LIBRO DE JUDIT. — III EL 

LIBRO DE ESTER 

I 

— Estos tres libros forman, puede decirse, una 
trilogía histórico-poética, pues caracterizan, respecti- 
vamente: en Tobías, la mansedumbre y la fidelidad á 
las tradiciones religiosas, que alcanzan larga recom- 
pensa después de la prueba ; en Judit, el celo religio- 
so y el deber patriótico llevados hasta cierto heroísmo 
que el creyente acepta como inspiración de lo Alto, 
pero que la Historia y aun el Arte miran con temerosa 
admiración ; y ec Ester, la hermosura y la inocencia 
que se interponen en favor de un pueblo entero con- 
denado á muerte, y obtienen no sólo el indulto de las 
victimas, sino el ejemplar castigo del pretenso victi- 
mario. 



— 61 — 

— Los judíos calificaron de santo el Libro de To- 
bías ; y lo es, en efecto, por la unción que exhalan sus 
páginas. 

— Tobías, purificado por el infortunio, muere 
como el justo; ni le faltó en sus postrimerías el don 
que caracteriza. á los viajeros para la eternidad: — Los 
moribundos están poseídos del espíritu de la Sibila— 
(Eurípides.) 

— El fiel israelita vaticina la ruina de Ninive, vic- 
tima de los caldeos, y es por tal circunstancia precur- 
sor deNahún; la dispersión de los judíos, su cautive- 
rio en Babilonia y su regreso á Palestina; la reedifica- 
ción del Templo ; y aun puede advertirse en el cánti- 
co de acción de gracias que dirige al Eterno, la unidad 
del género humano bajo el palio del Cielo, para adorar 
á un solo Dios y vivir como hermanos en la tierra. 

— Es este cántico como el eco de la voz de Moi- 
sés : de la voz magistral que al propio tiempo celebra 
las misericordias de Jehová y amenaza con sus jus- 
ticias. 

— «Porque Tú, Jehová, azotas y salvas; llevas 
« á los infiernos y sacas de ellos ; y no hay quien se 
« escape de tu mano. » 

— «Bendecid al Señor, hijos de Israel, y alabadle 
« á la vista de las gentes. » 

— «Porque por eso os ha esparcido entre las gen- 
« tes que no lo conocen, para que vosotros contéis sus 
« maravillas y les hagáis saber que no hay otro Dios 
«Todopoderoso fuera de El.« 

— « Jerusalén, ciudad de Dios : el Señor te casti- 
« gó por las obras de tus manos. » 

— « Alaba al Señor en tus bienes y bendice al 

«Dios de los siglos. »» «Brillarás con luz resr 

«plandeciente; y todos los términos de la tierra te ado- 
«rarán. Vendrán á tí las naciones desde lejos; y tra- 



-■ 62 ™ 

«yendo dones, adorarán en tí al Señor, y tendrán tu 
« tierra por Santuario. Porque dentro de ti invocarán 
« el grande Nombre. » 

— La misericordia y la justicia alternan en este 
cántico como principales atributos de una Providencia 
remunera dora. 

— La manera como el texto sagrado dice la muer- 
te de Tobías, pone de manifiesto el espíritu de los tiem- 
pos déla promesa, no exentos de amenaza: — «Y 
« habiendo cumplido (Tobías) noventinueve años en el 
«temor del Señor, lo sepultaron con gozo.» 

— Créese que este libro fue escrito por ambos 
Tobías, padre é hijo, ó que se ordenó sobre las memo- 
rias dejadas por ellos ; y se funda rectamente esta 
opinión en las palabras que dirige el ángel Gabriel á 
sus admirados huéspedes: — «Es, pues, tiempo de que 
« yo vuelva á Aquél que me envió ; mas vosotros, ben- 
« decid á Dios y contad todas sus maravillas.» 



II 



— Refiérese en el Libro de Judit uno de lo^ pocos 
hechos llevados á buen término por resolución que 
bien puede calificarse de sobrenatural, tanto más ad- 
mirable, cuanto fue obra de brazo femenino. 

— Sitiada Betulia por poderosísimo ejército que 
comanda Holofernes, teniente de Nabucodonosor, rey 
de Asiría ; agotado todo recurso humano y á punto de 
desesperar de los divinos; fíjase breve plazo para ren- 
dir la Ciudad, poniéndola á merced del vencedor. 

— Judil, déla tribu de Simeón, viuda de Mana- 
ses, y que pasaba la viudez en el ayuno y en la peniten- 
cia; informada de los alarmantes sucesos, sale de su 
retiro para echarles en cara á sus conciudadanos la 
falta de íe; é increpándolos por su cobardía, exhórta- 
los á tener confianza en el Dios de Israel, que es el Se- 



— 63 — 

ñor de los ejércitos : el que da y quita la victoria y 
preside el triunfo de los buenos. 

— Trasládase sigilosamente la virtuosa viuda ai 
campo enemigo y obtiene la confianza del General. 

—Prendado éste de la belleza de la hebrea, invítala 
á suntuoso festín, no sin dejarle comprender los t9rpes 
propósitos que en la ocasión lo mueven. 

— Adornada con sus más ricos vestidos, presénta- 
se Juditá Holofernes, cuyo corazón, dice la Escritura, 
se conmovió al verla, por qite se abrasaba por ella en 
concupiscencias . 

— Comió y bebió Holofernes hasta el punto de 
caer rendido por la gula; y trasladado á su cámara, 
yacía profundamente dormido. 

— Al verlo en tal situación, apostó Judit su cria- 
da á la puerta de la cámara ; y ya en pie delante de la 
cama de Holofernes, oró con lágrimas. Y moviendo 
los labios en silencio, dijo: — «Dame esfuerzo. Señor 
«Dios de Israel, y mira en esta hora las obras de mis 
« manos, para que, como lo has prometido, ensalces á 
í^tu ciudad deJerusalén; y ponga yo 'por obra esta 
« que he pensado creyendo poderse hacer por Ti.« 

—Decapita Judit al asido con el propio alfange 
de éste ; echa por tierra el tronco del cadáver; y po- 
niendo la cabeza dentro de un saco, regresa vencedora 
á Betulia, donde es recibida con admiración y rego- 
cijos. 

— Muestra á la estupefacta muchedumbre la cabe- 
za de Holofernes, dioiéndoles: — « Vedla aquí: por la 
« mano de una hembra lo hirió el Señor nuestro Dios. y> 

—Y añade: — «Mas ¡vive el mismo Señor! que 
«su Ángel me ha guardado, ya al ir de aquí, ya es- 
«tandoallá, y ya al volver de allá para acá: ni ha 
« permitido el Señor que yo, su sierva, fuera mancilla- 
« da ; sino me ha hecho volver á vosotros sin mancilla 
«de pecado, gozosa por mi victoria; por haberme yo 
« escapado y por haber sido vosotros libertados.» 



~ 64 — 

— La victoria de Israel fue completa, pues cayen- 
do repentinamente la milicia que defendía á Betulia 
sobre el campo de los enemigos, los desordena y rompe 
totalmente. 

— La plegaria con que se prepara Judit al teme- 
roso trance, expresa la fe del creyente, el ardor del 
patriota y la incontrastable resolución del héroe : es, 
puede decirse, himno anticipado de triunfo, pero 
triunfo que celebra una victoria alcanzada, no por es- 
fuerzo humano, si por el poder divino ; poder que, no 
consiste en muchedumbre, ni en fuerza de caballos, 
sino en la eficacia de la justicia. 

— «Haz, Señor, que con su propia espada sea de- 
« rribada su soberbia ; quede preso en mí con el lazo 
«de sus ojos; y hiérelo con los labios de mi cariño. 
« Pon firmeza en mi corazón para despreciarlo y valor 
«en mi brazo para derribarlo. Porque será este hecho 
« monumento de tu nombre, cuando mano de hembra 
«lo derribare." 

— Con esta plegaria prepárase al magno hecho la 
esforzada israelista ; y fuerte con la fe, y sostenida por 
la esperanza, y llevada de la abnegación, liberta á la 
República, no sin proclamar luego su inmaculada ino- 
cencia, en faz del pueblo libertado y bajo la mirada 
del Dios Omnipotente. 

— Incierto es el' tiempo en que acaeció la historia 
de Judit, siendo la opinión más fundada en este punto, 
la que la fija en los días de Manases y cuando este rey 
de Judá fue llevado cautivo á Babilonia. Cuanto al 
autor de ella, muchos creen serlo el sumo sacerdote 
Joakim, por otro nombre Eliacim, á causa de la parti- 
cipación que tuvo éste en los sucesos referidos ; de más 
de que, según Josefo, corría á cargo de los sacerdotes 
recoger en un registro los sucesos memorables de la 
Nación. 



__ 65 — 
III 

— Macho- difieren las opiniones acerca de quién 
sea el autor del Libro de Ester. Unos, siguiendo las 
de san Epifanio, san Agustín y san Isidoro, atribú- 
yenlo á Esdras; pero hay quienes niegan tal opinión, 
oponiendo á ella el hecho de que el Libro es posterior 
á Esdras. Los talmudistas sostienen ser obra de la 
grande Sinagoga, cuando otros sienten que lo escribió 
Joakim, hijo del Sumo Pontifice. San Clemente de 
Alejandria lo llama Libro de Mardóqueo. 

— El Libro de Estek puede considerarse como 
uno délos más bellos de la Biblia. La afortunada he- 
brea que le ha dado su nombre aparece en él rodeada 
del prestigio de la virtud y de la gracia ; prestigio que 
pone al servicio de la justicia para alcanzar la salva- 
ción de un pueblo condenado a muerte. 

— El sello trágico caracteriza este libro. Ester, 
quien por una de tantas alternativas de la vida había 
pasado de la condición dQ proscrita á la categoría de 
reina de Persia, tenía en su tío Mardoqueo un padre 
amorosísimo, un sabio maestro y un consejero. La fe 
religiosa se mantenía viva en aquellos seres para quie- 
nes los destinos de Israel debían cumplirse á pesar de^ 
las vicisitudes humanas. 

— Aman, favorito de Asnero, rey de Persia, en- 
soberbecido contra Mardoqueo á causa de que éste no 
le rindiera respetuoso homenaje, alcanzó del Rey la 
proscripción de todos los judíos cautivos, en el reino. 

— Instruida Ester del adverso caso por su tío Mar- 
doqueo, obtiene del Rey la revocación del cruel de- 
creto ; y por una serie de incidentes felicísimos, los 
que habían sido destinados para víctimas, vienen á ser 
triunfadores: Aman mismo, preso en sus propias redes, 
cae entre aquéllos y es reemplazado por Mardoqueo en 
la privanza de Asnero. 

— El triunfo de los hebreos fue completo; pero 

9 LITERATURA HEBREA 



-66- 



como todos los de aquellos tiempos de fuerza y de vio- 
lencia, manchado con sangre de victimas humanas; 
porque la justicia no estaba aún exenta de venganza. 
Las victimas se convirtieron en victimarios, y los ju- 
díos pasaron á cuchillo en la extensión del reino á to- 
dos sus enemigos, é instituyeron las fiestas de Purim, 
ó de Las Suertes, en memoria de tan señalado suceso. 
Aman expió en la horca sus criminales propósitos. 

El Libro de Ester ha servido de asunto á algu- 
nas obras artísticas; entre otras á la tragedia de Haci- 
ne del mismo nombre, que es una de las más bellas 
producciones del tragedista francés. Los coros de la 
Ester de Racine se consideran como perfecta obra de 
arte, así por la naturaleza de las ideas, como por la 
gracia de la forma, realzadas una y otra con la melodía 
que el Poeta supo darle á su idioma. 



CAPITULO X 



DIDÁCTÍGA.— I LOS PROVERBIOS — II EL ECLESIÁSTÉS — 
t III LA SABIDURÍA — IV EL ECLESIÁSTICO 



I 



-^El origen de la poesía didáctica entré los he- 
breos debe buscarse, según P. H. Noldeke, autor de la 
Historia literaria del Antiguo Testamento, en la forma 
de Los Pboverbios. 

— La ciencia de la vida y la sabiduría religiosa 
toman ahi la estructura de cortas sentencias que por 
medio de acertados tropos, impresionan y conmueven 
á los oyentes. 

— A este género de composición favorece particu- 
larmente el genio idiomático de la poesía hebrea, que. 



—• 67 — 

corno hemos visto, es el paralelismo. Toda estrofa ó 
estancia de Los Proverbios consta, pues, generalmen- 
te, de dos partes, casi siempre antitéticas, ó por decir 
mejor: opuestas la una á la otra; de donde resulta la 
sintesis, que es obra del lector ó del oyente : 

«Los sabios esconden el saber; mas, la boca del 
necio está cerca de la confusión.» 

«En el' mucho hablar no faltará pecado; mas, el 
que modera sus labios, muy prudente es.« 

«Los labios del justo producirán sabiduría; la 
lengua del malo perecerá." 

— Gomo se ve, el objeto de este género de compo- 
siciones, es ante todo parenético, y como tal, docente ; 
é insinúase en el ánimo por la forma poética con que se 
reviste la idea. Es la belleza que pone de manifiesto la 
verdad. 

' —La poesía lírica entra, por tanto, en la didácti- 
ca, como que, destinada al servicio de la religión, ins- 
truye exaltando el alma hasta Dios. 

— Adviértense en el Antiguo Testamento diversas 
manifestaciones de poesía didáctica, desde las senten- 
cias sencillas sin lazo de unión entre si, hasta las le- 
yendas y las homilías. La bendición d,el patriarca Ja-- 
cob á los cabezas ó' padres de las tribus, es una homi- 
lía revestida con las más bellas tormas poéticas. 

—Asi como El Salterio está timbrado con el 
nombre y genio de David, padre y gran sacerdote de 
•la poesía lírica entre los hebreos, la poesía didáctica le 
está completamente atribuida por éstos á Salomón ; lo 
que vale decir que el hijo de David era el representan- 
te de la ciencia en la Tierra de Dios. 

— No menos que con tres mil ¡oroverhios y mil y 
cinco cánticos dotó Salomón á la literatura hebraica; y 
habló de los árboles, desde el cedro, que se irgue al 
cielo en la cumbre del Líbano, hasta el hisopo, que 



— 68 — 

crece sobre arruinadas paredes; y habló también de 
los cuadrúpedos, y de los pájaros, y de los reptiles, y 
de los peces. 

— No es, pues, de extrañarse que casi toda la li-^ 
teratura didáctica reconozca entré los hebreos por 
padre á Salomón. Suyos son, según éstos: El Libro 
DE los Proverbios, El Eglesiastés y El Libro de la 
Sabiduría, llamado también Sabiduría de Salomón. 
Los cristianos abundan en. el mismo sentir. 

— Sólo El Eclesiástico no se atribuye al Rey- 
sabio, pues hebreos y cristianos reconocen por autor 
de dicho libro á Jesús, hijo de Sirach, quien vivió 
largo tiempo después de Salomón. 

— El Libro de los Proverbios es de altisima 
importancia, como que suministra preciosos modelos 
de la antigua poesia didáctica hebrea, mostrando este 
género literario en las diversas faces de su desenvol- 
vimiento. 

— Dividese la obra en dos partes principales, á 
saber: una que ofrece la antigua forma del proverbio 
en toda su vigorosa espontaneidad; y otra que presen- 
ta un conjunto didáctico más extenso y profundo. En 
aquélla se amonesta á los extraviados á.fin de que vuel- 
van al*camino recto; en ésta se dan reglas y preceptos 
de filosofía religiosa para el ejercicio de toda suerte de 
virtudes. 

—El preámbulo de Los Proverbios es de acaba- 
da belleza, y conserva hasta en las versiones vulgares 
la raza pura de las ideas que, lejos de envejecer con el • 
tiempo, acendran su hermosura. 

—Escribió Salomón Los Proverbios: — ««Para que 
«se aprendiese la sabiduría y la doctrina; para enten- 
« der palabras de prudencia y recibir erudición de jus- 
•« ticia, y de juicio, y de equidad ; pg^ra dar á los niños 
í. astucia y á los mancebos sabiduría. Oyéndolas el sa- 
«bio, más sabio será; y entendiéndolas, poseerá el 



-. 69 — • 

tí gobernalle ; y acertará la parábola y su interpreta- 
« ción ; las palabras de los sabios y sus enigmas. « 

— «Quien haga suyas estas enseñanzas añadirá 

♦ '«gracia inefable á su frente y adornará con collar ri- 

"qulsimo su cuello." Es decir: — Se rejuvenecerá con 

la posesión de altas verdades, y vivirá feliz con la 

prudencia. 

— Sobresale el Libro en el atrevimiento de las 
personificaciones y en la expresión de los vicios co- 
rruptores; y ello con magistral estilo. 

Sin dudu ^ue el autor de Los Proverbios los 
escribió cuando el invierno de la vida le habla enca- 
necido la frente y enfriádole el ardor de la sangre. Por 
eso describe con ísai vivos colores los peligros del amor 
concupiscente: 

«Los labios de la ramera," dice, «son panal que 
«destila miel, y más lustrosa que el aceite su gargan- 
^ta. Mas, los dejos de ella son amargos como el ajen- 
«jo y agudos como espada de dos filos. « 

«La adúltera, que no sufre sosiego, ni puede te- 
«ner los pies puestos en casa, sale al encuentro del 
« mancebo imprudente ; y asiéndolo, lo besa; y con 
«semblante desvergonzado lo acaricia, diciéndole: 

«Sacrificios ofrecí por tu salud; hcy he cumplido 
«mis votos: por eso he salido á tu encuentro, deseop 
«de verte, y te he hallado.» 

« He encorvado mi lecho y le he puesto por para- 
« mentó cobertores bordados de Egipco; he rociado mi 
» cámara con mirra y áloe y cinamomo. » 

«¡Ven! embriaguémonos de amores, y gocemos 
»de las caricias deseadas hasta cuando luzca el dia.« 

— Diriase que el Rey-sabio quiso oponer la des- 
cripción de la jTieretriz de Los Proverbios á la de la 
virgen de los Cantares, para hacer resaltar los encan- 
tos del amor inocente sobre las voluptuosidades de la 
carne. 

— Al lado de esta filosofía moral revestida con 



— 70 — 

traje pintoresco, traen Los Proverbios sentencias de 
Gvuáisimo naturalismo, como diríamos hoy; lo cual 
pone de manifiesto que el Ijbró se destinó para re- 
creaciones de sabios y enseñanza de ignorantes, pues 
que el Autor no desdeña valerse de todo linaje de * 
tropos : 

«Anillo de oro,?' enseña, «en hocico de puerco es 
« la mujer hermosa pero insensata. « 

«Gomo perro que vuelve sobre su vómito, tal es 
« el imprudente que repite su necedad. « 

— Gomo las sentencias contenidas en cada prover- 
bio se informan generalmente en comparaciones, desig- 
nábanlos los hebreos con el nombre de parábolas ó 
semejanzas (Mischlé); prontuario ¿e todas las reglas 
do moral para la práctica de la virtud, llámanlos los 
Padres antiguos; y san Jerónimo los gradúa de rica 
mina aurífera, pero cuyo precioso metal está escondi- 
do, siendo, por consiguiente, necesario hollar mucho 
para hallarlo y poseerlo. 

II 

— La lectura del Eglesiastés pone de manifiesto 
dos cosas, á saber : el principio de una época de deca- 
dencia nacional, y los pocos elementos en que abunda 
la lengua hebrea p^^ra expresar abstracciones filosófi- 
cas. «Garecía ésta,» dice Noldeke en la obra citada, 
« de las partículas que marcan la relación de las diver- 
« sas frases entre si ; ni tenía ninguna de las íacilidades 
« que en la lengua griega, por ejemplo, favorecen tanto 
« las exposiciones especulativas. » 

— Hay parentezco cercano, intimo, entre El Egle- 
siastés y Los Proverbios: uno y otro carecen de di- 
sertación y acusan en el Autor la falta absoluta de cal- 
ma y de serenidad para una obra que sobre todo pedia 
aquella expresión. 

— Aunque el Libro está escrito en prosa, el estilo 



— li- 
es por todo extremo apasionado ; las frases breves, y 
aun pudiera decirse truncadas; la ilación rota, gene- 
ralmente hablando: de lo cual resulta, no un todo 
compacto y harmonioso, sino cuadros independientes 
que no tienen vínculo entre si, como no sea el del ex- 
cepticismo, idea motiva de la obra. 

— Prueba de ello, que, según observa el docto 
Sacy, las palabras que se leen al principio, hacen ver 
que habla Salomón á manera de enajenado y fuera de 
si; ó como quien sale de profunda meditación, en la 
que Dios le ha hecho conocer la nada del mundo y la 
vanidad de las cosas terrenas. 

— Por donde concluyen los expositores cristianos, 
que el Libro es obra de las postrimerías de Salomón 
y ofrenda expiatoria de sus extravíos y prevaricacio- 
nes. Y como para poner de resalto este propósito, 
adopta el Autor cierta forma antitética en que alternan 
el bien y el mal; pero ello para llegar á concluir que 
si éste seduce y triunfa fácilmente, sus seducciones 
son á la postre amargas, efímeros sus triunfos; al paso 
que en el combate final de la vida, la victoria quedará 
por el bién.*^ 

— El Eglesiastés resume toda su doctrina en una 
sola frase :-^ «Vanidad de vanidades 'y todo es va- 
nidad.»' 



III 



— Aunque, como se ha dicho, reconócese á Salo- 
món como autor del Libro de la Sabiduría, muchos 
escritores hebreos y cristianos, son de parecer que lo 
es sólo cuanto al sentido del Libro, no á las palabras; 
y aun llega á observar san Jerónimo que brillan en él 
aquella elocuencia y erudición griegas florecientes en 
la Alejandría de los reyes macedónicos. 

—La Sabiduría se divide en tres partes. En la 
primera, que comprende los siete primeros capítulos, 



— 72 — 

alábase el amor á la sabiduría y recomiéndase su estu- 
dio; en la segunda parte, ó sea: en los tres capítulos 
siguientes, hasta el décimo, se narra y explica su ce- 
lestial origen ; y en la tercera se dice cómo es don de 
Dios, y se describen sus frutos y efectos. 

— La critica advierte en este Libró' cierta mezco- 
lanza de ideas hebreas y griegas, y descubre también 
influencias platónicas y estoicas; de donde resulta 
cierto eclecticismo agradable por su propia variedad. 

— Gomo El Eglesiastés, La Sabiduría es un li- 
bro docente; y no obstante su tendencia á la literatu- 
ra griega, ha conservado, casi siempre felizmente, el 
paralelismo hebreo por lo que hace á los miembros de 
la frase. 

— De consiguiente, el estilo es Qn el último más 
limado, más fluido que en el primero; ello no obstante, 
el lenguaje rudo del Eglesiastés tiene, por decirlo asi, 
más savia hebrea, y demuestra, por tanto, mayor vi- 
gor de pensamiento, ya que no tanta perfección en la 
forma. 

— Bastan los siguientes pasajes para demostrar 
que la antigua, ardiente inspiración de'Moisésyde 
Isaías, alterna con otra muy distinta en ciertas partes 
de la obra : 

«Venid: gocemos de los hierbes actuales, y use- 
« mos á toda prisa de la juventud. » 

« Llenémonos de vino precioso y de perfumes, no 
« sea que se marchite la flor del tiempo. « 

« Coronémonos de rosas antes de que huya la pri- 
«mavera y con ella desaparezcan las flores.» 

« No haya prado alguno por el qu^ no pase nues- 
«tra licencia." 

—Tal es, según La Sabiduría, el lenguaje de los 
impíos. 

— Pero á poco exclaman estos mismos: — «Nos 
« hemos cansado en el camino de la iniquidad y 
«de la perdición, ¿De qué nos aprovechó la soberbia? 



— 73 — 

«O ¿qué nos ha traído la jactancia de las riquezas? 
« Todas aquellas cosas pasaron como sombra y como 
«í mensajero que va corriendo ;...... ó» como nave que 

«surca el agua ondeante; ó como ave que vuela 

«por el aire." 

— La Sabiduría es como el preámbulo del Libro 
DE Job, sin los terríficos apostrofes que osa dirigir al 
Eterno el filósofo de Hus. 



III 



— Jesús, hijo de Sirach, hierosilimitano, emigró á 
Egipto con motivo de la persecución ordenada por An- 
tioco Epifañes contra los hebreos. 

— En la tierra de los Faraones escribió El Ecle- 
siástico: «Compadecido," dice un expositor cristiano, 
« de las apostasías de algunos de sus correligionarios, 
« y para preservar de ellas á* otros. « 

— Asíase explica la abundancia de máximas y 
ejemplos morales contenidos en el Libro y la interpo- 
lación de ardientes plegarias que exhalan la más pura 
unción religiosa. 

—Cierto nieto de éste, llamado también Jesús, 
quien, como su abuelo, residió largos años en Egipto, 
halló un ejemplar del Libro y lo tradujo del hebreo, ó 
del siríaco, al griego, hacia el año 38^ del reinado de 
Tolomeo Evergetes. Ignórase el paradero de) texto 
primitivo, y sólo existe una versión latina, de autor 
desconocido. 

— Hay talsemejanza de ideas entre El Eclesiás- 
tico y los libros de Salomón, sobre todo con el de Los 
Proverbios, que muchos atribuyeron al Rey-sabio el 
Libro de Jesús. Existe, sin embargo, mucha diferen- 
cia en .la conformación de ambos ; pues al paso que 

1 O LITERATURA HIBREA 



— 74 — 

en Los Proverbios las sentencias no tienen casi enlace 
entre si, en El Eclesiástico se harmonizan, y concu- 
rren á la unidad de un todo que comprende asunto 
dado, el cual tiene confirmación en las virtudes prac- 
ticadas por los mayores de Israel. 

— Gompónese El Eclesiástico de tres partes prin- 
cipales, á saber :— una consagrada exclusivamente á 
los proverbios, en la que prevalece la forma admoniti- 
va; otra en que dada cumplida alabanza á Dios, pre- 
gónanse las virtudes de los buenos; y por último, un 
epilogo que, después del elocuente elogio de Simón, 
el egregio Macabeo, y de condenar las depravadas cos- 
tumbres de los idumeos, filisteos y samaritanos, trae 
la más esforzada exortación.á la práctica de las vir- 
tudes piadosas. 

— E\ tono del Libro es grave y solempe ; el Autor 
profesa las ideas de tiempos pasados en lo relativo á la 
remuneración délos actos humanos; y está, por lo 
tanto, plenamente convencido de que en la Tierra reci- 
be recompensas la virtud y. el crimen castigos. 

—La larga posesión de la Tierra Prometida y el pre 
domimio de Israel sobre todos los pueblos, constitu- 
yen la fe religiosa y patriótica del hijo de Sirach; pero 
para alcanzar ambos fines: «Es necesario,» dice, « be- 
«ber la sabiduría en su fuente, que es el Verbo de 
«Dios, y practicar la justicia, que da paz á la Tierra.» 



X 



filosofía de la historia— lqs profetas 

—La revelación de la omniciencia tuvo grandí- 
sima importancia entre los hebreos, quienes designa- 
ban de tres maneras a los varones que recibían inspi- 
ración de lo Alto. 



— .75 — • 

—Generalmente llamábase al inspirado Nabi (el 
que habla), .ó Roe (el que ve), ú Bozé (el vidente). Estos 
tres dictados expresan respectivamente la palabra Pro- 
feta. 

—El Profeta está en relación inmediata con Dios» 
j habla en su nombre ; es ciudadano de Israel y vela 
por la grandeza de la Patria : — de ahi su doble carác- 
ter de hombre de Dios y de repúblico. 

— Resalta en los Profetas el poder del afecto y 
el de la imaginación, sin que esto excluya de sus dis- 
cursos la serenidad del discernimiento. 

— La expresión oral era en los Profetas la carac- 
terística del discurso ; sin embargo de que no tardó 
mucho el que diesen mayor extensión y fuerza á la 
palabra fijándola por escrito. 

— La forma estética, observada más ó menos por 
los Proíetas, no fue, sin duda, tan notable en lo oral 
como en la transcripción. En ésta se hermana con la 
forma particular de la poesia hebrea : —con la libre 
disposición de proposiciones en series ritmicas casi pa- 
ralelas; sólo que en la literatura profética, tal forma 
es más independiente que en la poesía propiamente 
dicha, y se presenta con miembros de frases más exten- 
sos. La riqueza de tropos y el entusiasmo poético fue- 
ron siempre caracteristicos del lenguaje profético. 

— Los antiguos profetas se valen de razonamien- 
tos más breves, concisos y expresivos que los de sus 
sucesores; quienes, conserví^ndo la (ficción poética, 
son más fluidos, es verdad, pero no tan enérgicos como 
aquéllos. Desde el punto de vista del Arte, los profe- 
tas de la época antigua son superiores á los de tiempos 
más cercanos. 

—Los Proíetas pueden dividirse en cuatro perio- 
dos, á saber: el primero, que se extiende próxima- 
mente hasta la mitad del siglo séptimo; el segundo 
que llega hasta el principio del destierro; el tercero, 



— 76 — 

el del renacimiento de la nación, hacia fines del des- 
tierro; y el cuarto, el que siguió al destierro. ^ 

— Al primero pertenecen Elias y Eliseo ; el se- 
gundo está representado por Joel, Amos, Joseas, Isaias, 
Miqueas y Nahún ; brillan en el tercero el mismo 
isaias y Jeremías; y ocupan el cuarto, Ageo, Zacarías 
y Malaquias, á quienes sigue la completa ruina del es- 
píritu proíético, que reaparece con los Apocalípticos. 

— El profeta es un ser excepcional en quien brilla 
el ejercicio de todo linaje de virtudes: su valor heroi- 
co, su vida casi siempre trágica. Puede decirse que es 
el héroe de un poema cantado por él mismo. Bastarla 
uno solo de los muchos hechos de los profetas para in- 
mortalizar á un hombre. 

— El gentilismo tuvo adivinos, tuvo sabios, pero 
solo en Israel hay profetas.; porque sólo en Israel im- 
pera la verdad religiosa, vinculada en Dios, y la ver- 
dad política, asentada en la justicia y en la libertad ;, 
y sobre estas dos verdades, polos permanentes de la 
sociedad, hade girar la nacionalidad hebrea con im- 
ponderable harmonía. 

— Filosófica, social y politicamente hablando, los 
profetas dotaron á Israel con un género de literatura 
bello sobre todo encarecimiento, porque era la fiel ex- 
presión del derecho humano, de la dignidad individual, 
que buUia eíi aquellos hombres extraordinarios, á cuya 
acrisolada virtud debió no pocas veces la República su 
salvación y su gloria. 

— El profeta es el hombre de Dios, es decir: el 
hombre del deber en todas las situaciones de la vida ; 
el hombre que no guarda miramientos cuando se trata 
de condenar el crimen, siquiera se irga bajo el solio 
real. 

— Aun sin tener en cuenta las inspiraciones de lo 
Alto, puede sostenerse racionalmente que aquellos 
austeros varones vaticinaron lo futuro porque estaban 
poseídos de las ocultas pero infalibles verdades que en- 



— 77 — 

cadericín los sucesos humanos ; y desde ahí, como desde 
punto culminante, dominaban los futuros espacios his- 
tóricos. 

— Siendo así que la- vida de los pueblos dependía 
de la vida de los dioses, do quiera moría un dios moría 
también un pueblo: por eso cuando sorprenden la ca- 
ducidad de los dioses babilonios, egipcios, ninivitas 
y damasquinos, presienten los profetas su muerte, y 
con ella la de las naciones sometidas á su culto. De 
esta suerte, lo qué cierta crítica preocupada desecha 
por irracional, por increíble, constituye, puede decir- 
se, con anticipación verdaderamente admirable, lacla- 
ve misteriosa de la filosofía de la Historia, fundada en 
la dinámica moral de los sucesos humanos. 

— Ahí está la explicación de aquella fuerza incon- 
trastable, invencible, de los hombres de Dios; fuerza 
que era á un tiempo virtud, ingenio, conciencia, emo- 
ción; y movía, por tanto, el alma y la mente, la inte- 
ligencia y la sensibilidad del ser humano, es decir : — 
los polos simpáticos de su existencia. 

— Por un milagro de la civilización, para hablar 
en términos terrenos, poseía Israel las dos verdades 
generadoras del progreso, á saber: la unidad de Dios 
y la unidad del género humano; pero esta posesión 
no era general sino exclusiva, como no podía menos 
de serlo, en una época en que la casta predominaba 
todavía como agente de progreso. Y "aquí estriba pre- 
cisamente la influencia civilizadora de los Profetas, 
quienes, sin las preocupaciones teocráticas de la casta 
sacerdotal vinculada en la tribu de Le vi, no conver- 
tían la filosofía que profesaban en misterios religiosos, 
sino la derramaban por la faz de la Tierra, en benefi- 
cio de los pueblos. De ahí las luchas que hubieron de 
sostener con aquella casta á quien no dejaban de mo- 
lestar á las veces, la austeridad y la elevación de ideas 
délos Profetas,, como que perturbaban la inalterable 



— 78 — 

quietud de los claustros y atentaban contra la gerar- 
quía religiosa. 

— Estas luchas, empero, eran fecundas para la 
Nación; porque asi como el principio ortodoxo mode- 
raba el Ímpetu de los Profetas, éstos, á su vez, vigori- 
zaban el principio ortodoxo con las nuevas ideas. 

— El profeta era el tribuno religioso, salido, casi 
siempre, de las clases populares; y, por tanto, puede 
considerársele como el precursor de la democracia mo- 
derna ; renovaba con los raudales de su palabra las 
aguas muertas del comentario de la Ley; vigilaba, 
como atalaya, desde las alturas de la virtud, por la 
salvación del pueblo ; protegía á los débiles contra los 
poderosos ; bebia en las fuentes de la justicia divina la 
inspiración de sus actos ; hacia de la verdad el timbre 
de su ardiente palabra ; y enderezaba los caminos del 
cristianismo, cuyos albores columbraba en las lonta- 
nanzas de lo porvenir. '', 

— El ministerio profético aparece en toda forma 
en tiempo de Samuel; alcanza su mayor grandeza 
mientras subsisten los dos reinos y en los dias tremen- 
dos de las cautividades ; y casi se extingue cuatido el 
pueblo escogido, apartado del camino del deber, de la 
dignidad y de la gloria, dobla la frente al yugo extran- 
jero, y prefiere las dulzuras de una paz ignominiosa, 
á los nobles azares de la guerra en que podía refren- 
dar sus ejecutorias ó descender con ellas á 1.a tumba. 

— Con los profetas terminó la vida nacional de los 
hebreos: con la extinción de aquella raza abnegada 
amenguóse en gran parte el alma literaria de la Nación 
prodigiosa, como para eternizar con hechos de trági- 
cos recuerdos que cuando los pueblos apostatan de la 
verdad, del derecho y de la justicia, sólo alcanzan ig- 
nominia é infamia. 

— Cada profeta puede ser el héroe de un poema 
heroico. , 

La vida de Elias está llena de .maravillosos su- 



— 79 ^ 

cesos: habita en las soledades del Carmelo, donde 
es alimentado por los cuervos; no deja su retiro sino 
para vindicar los ultrajados fueros de la justicia; y 
por último es arrebatado á lo Alto por un carro de fue- 
go. De ahí el que se le haya reputado inmortal. 

— Isaias es admirable por la variedad y sublimi- 
dad de sus visiones y por la fuerza de su filosofía que 
abraza los tiempos de la Ley y los tiempos del Evan- 
gelio. Su inspiración es tan poderosa que lo lleva 
como en alas de águila hasta el trono de üios y escu- 
cha los coros de sublime harmonía que llenan lo infi- 
nito para éxtasis eterno del cielo. Antes que profeta 
parece evangelista ; puso de 'manifiesto el valor sereno 
déla virtud; y murió dando testimonio de la verdad 
con el sacrificio de su propia existencia. 

— Jeremías antevé la ruina de Jerusalén en cas- 
tigo de las prevaricaciones del pueblo ; presencia el 
cumplimiento de su profecía; y llévala voz de Israel 
en el día de la desolación, con llantos y gemidos que 
han llegado hasta nosotros como dechado de tristeza, 

— Daniel es el alma de Judá durante el cautive- 
rio ; triunfa de la voracidad del fuego y del furor de 
los leones; descifra las mrsteriosas, Ígneas letras que 
anuncian la ruina del babilonio y la exaltación del me- 
do al trono de Eveco. Ni paró aquí la visión profética 
del hijo de los reyes ; pues computa y fija los tiempos 
en que ha de promulgarse la Ley do gracia sobre el 
sacrificio del Hijo de Dios. 

— Ezequiel, cuyas visiones ponen asombro aun en 
el corazón de los fuertes, era hombre de elevadisimo es- 
píritu l^ostenido por ciencia profunda. Su discurso es 
sereno como hondísimo rio de apartadas orillas, y por 
lo mismo impone respeto y aun miedo á quien lo es- 
tudia. Esta cualidad no lo hace inteligible sino para 
los que unen á la sabiduría la modestia y el juicio; 
por lo cual los hebreos antiguos no permitían que le- 
yesen, sobre todo el principio y el fin.de su obra, sino 



— 80 — 

I» 

las personas cuya edad excediera de treinta años, la 
requerida para entrar á ejercer el ministerio sacerdo- 
tal. San Jerónimo mismo confiesa abiertamente su 
propia impericia, y prefiere no decir nada antes que 
decir poco cuando trata de comentar los últimos diez y 
nueve capitules de la consabida profecia. Ezequiel es 
contemporáneo de Jeremías, y contribuirá con Daniel á 
la formación de la literatura apocalíptica, que tendrá 
por representante en la plenitud de los tiempos al últi- 
mo de los Evangelistas. 

— La influencia de la literatura profética en los 
destinos de Israel es casi incomprensible para nosotros ; 
y la acción de los profetas, verdaderamente extraordi- 
naria. Sí nos causa asombro la obra de Demóstenes 
cuando detiene durante algunos años con sólo su pala- 
bra á los conquistadores macedonios, ¿qué decir de 
aquella falacge de héroes que son para el pueblo he- 
breo justicieros en la paz, capitanes en la guerra, con- 
sejeros, poetas, genios tutelares en la desgracia; y que, 
por último, guardan intactas en los días de proscrip- 
ción y de llanto las tradiciones de lo pasado, y las con- 
servan como esperanza y gaje de lo porvenir ? 



LOS PROFETAS 

Imitación de Herder) 

Salve ¡oh vosotros! confidentes íntimos de la Di- 
vinidad. ¿Hallasteis al fin aquel tan deseado reposo 
que no pudieron daros ni el Carmelo, ni el Oíeb, ni 
Sión la divina? 

¡ Cuántos dones preciosos prodigasteis á los anti- 
guos tiempos! Plegarias, consolaciones, preceptos; la 
prosperidad del Estado, la sabiduría en las puras 
costumbres; todo, todo fluyó de vuestros labios al mo- 
do de inagotab^s raudales. 



¡Oh nobles, oh abnegadas almas! Emancipasteis 
al pueblo de la pereza en lo presente y de la esclavitud 
en lo porvenir; y lo exaltasteis sobre los vanos place- 
res, hijos de las falaces ilusiones. Porque frente á 
vosotros y en pos de vosotros, ardia, inmarcesible, la 
Luminaria celestial que ilustraba la plenitud de los 
tiempos é infundia inspiración soberana en vuestra 
mente. 

Por largos años brilló entre silenciosas tinieblas 
el Astro divino ; pero surgió al fin vencedor el mismo 
que vosotros aclamasteis como faro de los tiempos 
venturos. 

Envueltos en el silencio de vuestras sagradas ca- 
vernas, pusisteis oido atento á los dictados de aquella 
voz misteriosa que se os dejaba oír desde la hora más 
solemne de la noche hasta el lucir del alba, y hacia 
vibrar las fibras más delicadas de vuestro corazón. 

Y el canto de aquella voz, poderosa como las tem- 
pestades que desata Jehová en las alturas, despertaba 
al mundo dormido en el crimen. Habriase dichoque 
el genio de los siglos, asi el de los pasados como el de 
los venideros, alzábase de los extremos de los tiempos 
para confundir su voz en lo presente. 

¡Benditos seáis, arpas divinas* que, pulsadas por 
la mano del Eterno, prorrumpisteis en tan celestiales 
harmonías ! ¡ Benditos seáis por haber sido los intér- 
pretes de la Voluntad Soberana, los mensajeros de nue- 
vaé edades, el espíritu y la inspiración de las leyes. 

Tú, que desde el ardiente Sinaí te enalteciste so- 
bre los tiempos y te levantaste sobre los pueblos ; y tú, 
que entre sombrías nubes contemplaste la Soberana 
Sabiduría adornada con inefables adornos, y viste bri- 
llar por vez primera la luz que hoy en día ilumina el 
mundo; y tú, cuyo inflamado espíritu sorprendió el 
secreto de los luminares del cielo y arrebató al imperio 
de la muerte la hija de la viuda de Sarepta ; y tú que 

i 1 LITBRATÜllÁ HIBRXA 



— 82 — 

viste á Jehová revestido de poderosisima magnificen- 
cia y describiste la beatitud de los ángeles, la alteza de 
los arcángeles y la sublimidad '^de las potestades ; y 
vostros, doctores del dolor y del llanto, cuya alma 
amorosa y tierna, al exhalarse en lamentaciones, reco- 
gió el últipao aliento de la musa profética de Israel ; 
vosotros todos, que emancipados al fin del dolor tirá- 
nico, reposáis en repuesto bosque de palmeras ; dis- 
frutad ahora del celestial reposo que no pudieron de- 
pararos ni el Carmelo, ni el Oreb, ni Sión la divina. 

¡Qué veo! Y ¡conque benévola bondad aco- 
géis á los sabios de otros pueblos y de otras edades ! 
Con vosotros departen intimamente los druidas seve- 
ros; Orfeo, el Dante délos antiguos tiempos; Pitágo- 
ras, el confidente de los astros; y todos los secretarios 
de la Divinidad en la tierra. 

Y tú también ¡oh divino Platón! tú también 
fuiste llamado á aquel senado augusto para que expe- 
rimentases el influjo sagrado de la divina Poesía y te 
reconciliaras con tus hermanos en el Arte. 



^CAPITULO XII 



CONTINUACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE LA HISTORIA.— EL 
LIBRO DE JOB 



— Los talmudistas y algunos rabinos han negado la 
existencia de Job, pretendiendo sea el libro de este 
nombre alguna parábola ó alegoría poética, que llegó 
á atribuirse por ellos á Moisés; pero en cambio 
Ezequiel y Tobías hablan de Job como de personaje 
verdadero. 



- 83 - 

— El original del Libro está escrito en lengua 
siríaca con bastantes palabras de la árabe. 

— A juzgar por los elementos que componen el 
Libro, escribióse en el país de Hus, de la región idu- 
mea, donde residía Job ; y esto se confirma, porque, 
en general, las costumbres que aquél trae son arábi- 
gas é idumeas. 

— La versión de los Setenta nos da la noticia más 
antigua acerca del Libro de Job. Hé aquí un extracto 
de ella : — «El Libro de Job fue traducido de un manus- 
« crito siríaco, según el cual vivió aquel varón en la tie- 
«rra de Hus, hacia los confines de la Idumea y de la 
«Arabia. Jobab era el verdadero nombre del Héroe, 
«quien descendía, por parte de padre, de los hijos de 
«Esaú; y como tal pertenecía ala realeza deEdom.^' 

— La antigüedad considera el reducido país de 
Edom como el emporio de la civilización oriental ; es 
decir: déla civilización arábiga, que, según Jeremías 
y Abadías, había llegado á ser proverbial. 

— El estilo de Job es conciso, abundante en buen 
sentido, enérgico, heroico, y siempre altisonante cuan- 
do trata de expresarse valiéndose de imágenes. 

— El Libro es del todo poético y reproduce el as- 
pecto de la naturaleza, sin que esto excluya el sentido 
filosófico de la composición ; pues, como es sabido, 
complacíanse los orientales en sostener sabias discusio- 
nes valiéndose de estilo florido. En tal forma celebra 
Job las luchas de la virtud y de la sabiduría humana 
contra la ignorancia y el vicio, casi siempre vencedo- 
res sobre la tierra. 

— Enseña san Jerónimo que la narración histó- 
rica del Libro está escrita en prosa ; pero los discur- 
sos, tanto de Job, como de sus amigos, y, por último, 
los de Jehová, eslán en verso, con forma parecida á la 
de los Calmos. 

— A la luz de la crítica, el Libro de Job no puede 
atribuirse á la época primitiva de la literatura hebrai- 



_„ 84 — 

ca, asi como tampoco á la de su terminación. ¿Cómo 
suponer que los dias del dogma fueran al propio tiem- 
po los de la blasfemia ; ni que los problemas propues- 
tos por el Filósoío de Hus entre las vacilaciones de la 
antigua fe y de la duda reciente; problemas qae sub- 
sisten por imposición de la Providencia, aun después 
del terrible proceso, sean posteriores á las frias sen- 
tencies del EcLESiASTÉs, donde la duda se ha resuelto 
en desengaño y la vida se ahoga en el hastio? 

— En fuerza de estas consideraciones, no es aven- 
turado creer que aquellas páginas pertenecen á los 
tiempos que median entre el reinado de Salomón y el 
ministerio profético' de Isaías ; época transitoria y como 
tal envuelta en las nieblas de la duda, aunque á las ve- 
ces iluminada por los resplandores de la esperanza; 
época en que se presiente ya el advenimiento de una 
más perfecta civilización religiosa, y desde la cual se 
vislumbran nuevas creencias y nuevos dogmas. 

— Porque si la civilización mosaica resolvía por 
el monoteísmo el problema divino de la eternidad; 
partiejido de tal postulado, érale necesario resolver el 
problema de la humanidad en el tiempo; y ved cómo 
aparece el Filósofo de Hus, tentado por la desespera- 
ción, pero ansioso de esperanza. 

—La filosofía hebrea es, pues, la primera en in- 
quirir la causa generadora del mal sobre la tierra ; sin 
que pudiera ser de otro modo, desde luego que el im- 
perio de un üios único excluye de hecho la existencia 
de cualquier ente sobrenatural que limite ó contraríe 
en Aquél el poder soberano. En las religiones panteís- 
ticas ó politeisticas, surge naturalmente el mal, por la 
muchedumbre de atributos divinos, de los cuales resul- 
ta siempre el maniqueísmo. Siva en la India, Arimán 
enPersia, Tifón en Egipto, el Destino en Grecia, los 
Hados en Roma, para no hablar de otros genick malé- 
ficos, explican, respectivamente, el padecimiento de la 
humanidad; pero en Israel, donde todo lo rige y go- 



— 85 — 

bierna Jebová, el Dios único, presciente, bueno, justo, 
sabio, poderoso, ¿por qué se da el mal, si yá no es 
para castigo del malvado? Y entonces, ¿por qué padece 
el justo? ¿por qué vive y medra el impio? Y ya sa- 
béis que Job no limita á estos términos el terrible 
problema. Hasta aqui sólo ba expresado la duda; pero 
atraido por el abismo vertiginoso sobre el cual se ha 
inclinado, lanza la blasfemia; y encarándose con la 
Providencia, apostrófala, interrógala respecto del mal 
y de su inexplicable origen ? 

«¿Por qué me diste», le dice, «porqué mediste 
«la vida? Y ya que me impusiste la vida, ¿por qué me 
« condenas al dolor? Ni ¿quién es -el hombre pfara que 
«con él entres en juicio? Visítaslo en la mañana, y 
«de súbito lo sometes á prueba. ¿Por qué no me lim- 
« pias de pecado? ¿Por qué no me dejas tragar mi sa- 

«liva? ¿Quieres condenarme? Sea. Condéname 

«según tu voluntad; mas, dime: ¿qué modo de pro- 
« ceder es éste que quieres usar en mi leausa ? Vida me 
«diste é inestimables bienes. Si te ofendí y por enton- 
«ces me perdonaste, ¿á qué renovar hoy la memoria 
«de mis pasadas culpas? — Si fui impio, ¡ ay de mi! no 
«te satisface todo el mal que padezco; si justo é ino- 
«cente, nada me vale para no ser flagelado y afligido.» 

— El drama llega á tal situación, que pide, ó la 
caducidad de la Providencia, ó la humillación de la 
criatuca ; y como lo primero era de toda imposibilidad 
imposible ala luz déla ñlosofiay del dogma hebreos, 
no cupo otro desenlace sino la confusión de la soberbia 
humana. Ello, empero, no podía ser sino por obra de 
la Divinidad misma, como en el castigo de Iqs espíri- 
tus rebeldes; porque después de Satanás, sólo Job osó 
impugnar el poder y la sabiduría del Eterno. 

— Y hé aqui que en medio de los estupefactos 
amigos del Filósofo, de su confundida consorte, de 
la tristeza de amella región envuelta en caliginosos va- 
pores; entre aquel silencio turbado por inaudita blas- 



— 86 — 

femia; aparece un personaje de miradas más deslum- 
bradoras que la nieve si la baña la luz, de voz terrífica 
y aterradora como el trueno ; personaje cuyo aspecto 
cambiante impresiona como el desierto y que se mueve 
al modo del torbellino en el abismo. No aduce argu- 
mentos; mas, prorrumpe en apostrofes que confunden 
á Job, á su mujer, á sus amigos; y cuando deja caer 
las palabras, diríase que la naturaleza está tocada de 
parálisis, ó que las fuentes de la vida han sido sella- 
das por mano poderosa en el firmamento de los 
cielos. 

— ¿Quién no conoce los sublimes apostrofes con 
que elsEteroo confunde la soberbia humana, personifi- 
cada en el Filósofo de Hus? ¿Quién ha osado tartamu- 
dear siquiera una respuesta á aquellas cuestiones en 
que se contienen los misterios de la Creación ; miste- 
rios que ponen vértigo en la razón humana como en 
el hombre mismo la atmósfera de las inaccesibles al- 
turas. 

— ¿Dónde estaba Job cuando Jehová asentaba los 
fundamentos cié la tierra ; cuando trazaba el plano, 
tiraba el cordel ó medía la fábrica del mundo? ¿Dón- 
de, cuando informe aún la mar, ciñóla el Señor con 
nubes, á guisa de vestido, y cubrióla de obscuridad 
como se faja al niño? ¿Dónde Job cuando el mundo 
se llenó de hombres impíos, y lo tomó el Señor en las 
manos y lo sacudió como se sacude una ropa, para 
limpiarlo de toda maldad? ¿Conoce acaso Job el cami- 
no que. conduce al tabernáculo de la luz ó el sitio don- 
de residen las tinieblas? ¿Conoce Job la formación 
de la lluvia, y á quién tienen por padre las gotas 
de rocío? 

— Algunos críticos, que no se han detenido en el 
estudio de este asombroso Libro, han encontrado con- 
tradicciones entre la nueva filosofía y el primitivo dog- 
ma hebreo; cuando, al contrario, debieron admirar el 
vínaulo estrecho que existe entre el uno y la otra. 



— 87 — * 

siendo como es el Libro de Job la aspiración comple- 
mentaria del Pentateuco. 

— ** No hay en el Antiguo Testamento «, dic^ Ed- 
gardo Quinet, «ningún libro que tan profundamente 
» penetre en las raices de la religión hebraica. Cuanto 
«más parece que de ella se aparta, más intimamente 
« se une con ella ; de suerte que no podría comprender- 
«se la fe de Moisés sin la aparente blasfemia de Job.» 

— Job parte del monoteísino para condenar lógi- 
camente la permisión del mal por la Providencia divi- 
na; y por eso el problema no tiene solución ei> la 
Ley Antigua. Lo que parece blasfemia no es sino as- 
piración á la eterna justicia; porque nadie, antes del 
Filósofo de Hus, sin exceptuar á Moisés, había tartamu- 
deadg siquiera esperanzas de inmortalidad. 

— El Libro de Job es una de las pocas obras li- 
terarias de la antigüedad hebraica que ha llegado 
hasta nosotros en toda su integridad. 



JOB 



(imitación de herder) 

\ Varón sabio y virtuoso ! ¿dónde está tu sepulcro? 
¿En qué sitio descansas de la milicia de la vida ¡oh 
tú ! que creaste la epopeya eterna del dolor, y la asen- 
taste sobre un montón de ceniza y la vivificaste con la 
serena, con la silenciosa meditación del infeliz predes- 
tinado al sufrimiento, y la embelleciste con aladas sen- 
tencias que flüian de tus labios como deslumbradoras 
estrellas ? 

¿Dónde está tu sepulcro ¡oh poeta sublime! con- 
fidente del consejo divino que cíelebran los ángeles y 
los bienaventurados: tú, que abarcaste, con la mirada 
la altura de los cielos y el abismo de la tierra; tú, que 



— 88 — 

supiste alzarte en espirita desde el imperio de las ti- 
nieblas, cárcel de los desgraciados, hasta los ilimitados 
espacios de lo infinito, donde tejen alegres danzas las 
aladas estrellas?, 

¿Algún ciprés de perpetua verdura florece acaso 
sobre la tierra donde duermes? O ¿reposas tal vez en 
ignorado sitio, tan ignorado como tu nombre, y como 
tu nombre perdido entre las sombras de remotas eda- 
des? ¡Ay! que sólo tu Libro nos habla de ti; mien- 
tras tú, cernido sobre el muladar que fue teatro de tus 
desgarradoras desgracias, cantas con la estrella de la 
mañana en torno al trono de Aquél á quien nos mos- 
traste como Regente de los mundos. 

Fuiste el historiador de tus propios dolores y de 
tu propio triunfo; de tu sabiduria, á la par victoriosa 
y vencida. Y ¿quién podría negar {^ue fuiste el más 
feliz de los mortales ; el que tras máximos sufrimien- 
tos, haya sido tan largamente recompensado? Porque 
más de una vez solazaste tu corazón con plegarias has- 
ta ti nunca oídas ; y extendiste tu victoria sobre el im- 
perio de los siglos, por toda la redondez de la Tierra. 

Crece sobre tu sepultura gallarda palmera, em- 
blema de tu fama triunfadora, y que saborea laá aguas 
de ignotas y sagradas fuentes ; y la mirra y el incien- 
so derraman sobre ella exquisita fragancia : la mirra, 
que fortalece el alma en la adversidad ; el incienso, 
que la levanta hasta los cielos de la dicha eterna. 

Tú haces que el Cielo descienda á la tierra ; tú 
que las legiones celestiales velen á la cabecera del 
doliente ; tú conviertes los dolores del hombre en es- 
pecláculo edificante para los ángeles:— en prueba de 
lo Alto, durante la cual la mirada de Dios escruta 
nuestra conciencia é inquiere el cumplimiento de eter- 
nos designios. 

Por ti se saluda Bienaventurados á los que se sien- 
tan en el silencio del dolor; por ti, que convertiste el 
muladar en trono y la desesperación en esperanza. 



CAPITULO XIII 



LOS APOCALÍPTICOS 



— Calamitosos por todo extremo para el pueblo 
de Dios eran los tiempos en que desaparecian ó calla- 
ban los profetas. 

-—«No hemos visto nuestras señales «, clamaba 
Isaias; «Ya no hay profetas, no hay ley^, lloraba Jere- 
mías; «los profetas no hallaron la visión del Señor»; 
y cuando el primero de los Macabeos recupera, victo- 
rioso, á Jerusalén, amontona piedras en el solar del 
Templo, y espera la venida de algún profeta para que 
declare puesto de pie sobre ellas. 

— En los dias de la cautividad de Babilonia no 
había profeta en el pueblo de Dios, por lo cual deses- 
perábase de la salvación. 

—De pronto aparecen ciertos escritos que eran la 
continuación délas antiguas profecías, llenos como ellas 
del espíritu de lo porvenir y anunciadores del gran día. 

— El más importante de estos escritos, con tanta 
propiedad calificados de Apocalípticos, es la Profecía 
DE Daniel, en cuyas ideas y lenguaje se advierte la in- 
fluencia de la antigua literatura hebrea ; sobre todo 
la de los cánticos de Moisés y la de las visiories de 
Ezequiel. 

— La Profecía de Daniel es una de las produc- 
ciones más notables de la literatura hebrea, porque 
si bien en el fondo pertenece á los tiempos venideros, 
la forma pone de manifiesto la grandilocuencia de 
Moisés, de Jeremías, de Esdrás, de Nehemías y so- 
bre todo de Nahto. 

1 2 LITERATURA HIBRÍA 



— 90 — 

—La obra de Daniel, aun prescindiendo de con- 
sideraciones sobrehumanas, es de la mayor importan- 
cia ; pues da á conocer las ideas y los afectos de donde 
surgieron ios egregios Macabeos; es decir: el medio 
social y religioso que sostuvo é inspiró el heroísmo 
nacional en el inquebrantable propósito de restaurar 
los altares y los hogares de un pueblo encorvado bajo 
el yugo de la conquista. 

— Y desde el punto de vista dogmático, vemos en 
la obra de Daniel claramente expresadas y por prime- 
ra vez, dos ideas de la mayor trascendencia, cuales 
son : la resurrección de los muertos y las esperanzas 
mesiánicas, no ya en beneficio de un pueblo, ni de 
una época, sino de la humanidad y de lo porvenir. 

— Por consiguiente, la nueva literatura obedecía 
á más elevados ideales, y exponía el Arte con más bi- 
zarras y más perfectas formas. 

— Daniel, el pontífice del nuevo Arte, es el Dante 
de aquella Edad-media de dolorosa gestación. Su mi- 
rada penetra en la obscuridad de los tiempos venturos, 
como la flecha de Laocoonte en las cavidades del caba- 
llo de Troya, y les arranca gemidos terribles en los 
cuales se confunden las voces de pósteras generaciones, 
que lamentan !a caducidad y la ruina de imperios po- 
derosos. 

— P\aras veces se levantó á tanta altura la imagi- 
nación del hombre; pocas se presentó la alegoría por 
modo más terrífico; nunca ostentó más poder la divina 
Poesííi. Los cuadros de Daniel son al propio tiempo 
la palingenesia del Arte y el alma de las nuevas gene- 
raciones: no escribe, funde una humanidad, hasta en- 
tonces desconocida de sí propia, en moldes inflamados 
por el aliento del Eterno. 

— Aquí se personifican los reinos en colosal esta- 
tua, donde contrastan el oro y el hierro, la plata y la 
arcilla, y que caerá aterrada por mano misteriosa; 
allá son monstruosos animales coronados de cuernos. 



— 91 — 

que se agitan y hablan y combaten ; más allá los com- 
batientes son reyes que ruedan confundidos en el pol- 
vo ; en tanto que los muertos resucitan y se pasean 
por aquel revuelto campo donde impera la nada. 

— Ello no obstante, este mundo apocalíptico está 
envuelto en una luz nueva : la luz de la esperanza ; 
y ostenta por todas partes los símbolos de la redención 
de los oprimidos y del castigo de los opresores. 

— El sacerdote del nuevo Arte parece consagrado 
por su propio ingenio; y pudo decirse de él con toda 
verdad, como fantásticamente de Dante, que había 
visitado los misteriosos mundos de sus visiones y con- 
servaba el asombro de ellas. 

— Daniel es un sonámbulo sublime que en su vi- 
sión continua se mantiene de pie en el umbral de ig- 
notos mundos, agitando convulsivamente las puertas 
de la Eternidad. 

— El historiador judío Flavio Josefo elogia á Da- 
niel en los siguientes términos : « Gozó del favor de 
« los príncipes y del afecto de los pueblos durante 
«su vida ; y ha alcanzado fama inmortal después de su 
« muerte." 

— Daniel fue trasladado á Babilonia el, año terce- 
ro del reinado de Joakim, rey de Judá, cuando Nabu- 
codonosor tomó á Jerusalén y se llevó cautivo al pue- 
blo; y escribió su libro valiéndose alternativamente 
de las lenfi^uas caldea y hebrea. 

DANIEL 

Helo ahí en el límite de dos mundos, sobre el ca- 
rro del tiempo, bajo cuyas ruedas huyen veloces los 
años y los siglos. 

Las perspectivas de lo porvenir píntansele en los 
ojos, como en altura inaccesible la luz del astro que 
no brilla aún sobre el horizonte. 



— 92 — 

y cada uno de sus ojos tiene una visión: — el uno 
la visión de lo presente, el otro la de lo porvenir. 

¿Qué digo? El tiempo no existe para él ; porque 
si como hombre es hijo de la muerte, como profeta es 
el desposado de la inmortalidad. 

Guando Israel plante de nuevo sus tiendas en el 
solar paterno, en el solar que deslindara la mano mis- 
ma del Dios- Vivo; guiarálo la inspiración de Daniel 
por entre ajenos campos, y lo pondrá de nuevo en 
posesión de su heredad. 

En vano tratan de seducirlo las grandezas terre- 
nas sobre las cuales pasa como aliento de tempestad 
sobre campo desolado. 

¿Qué son para el hombre de Dios el poder, la glo- 
ria y las riquezas, cuando él antevé el trono convertido 
en polvo y la diadema real hecha guarida de los gusa- 
nos que se crian en la tumba ? 

Los caracteres misteriosos, mudos para todos, ha- 
blan para él con clara elocuencia; y su palabra, herál- 
dica de la victoria del medo y del persa, sentencia es 
de muerte para el babilonio. 

Fijos los ojos en un punto del tiempo, para todos 
arcano y sólo por él conocido, cuenta y recuenta con 
los dedos, y computa en la mente la fecha misteriosa 
que ha de variar los destinos del hombre. 

Y la fija; y luego descansa tranquilo contem- 
plando, al través de los siglos, el brillo de la estrella 
de Jacob sobre el establo de Belén. 

Y cuando el Apocalíptico de la antigua Ley sueña 
y publica sus visiones, Juan, el Espíritu apocalíptico 
de la nueva Ley, se agita y se estremece en la mente 
soberana del Eterno. 



~ 93 — 



CAPITULO XIV 



CONCLUSIÓN 



La literatura hebrea está esencialmente contenida 
en el Antiguo Testamento ; y asi como toda la mar 
es sal, el Antiguo Testamento es fodo poesía, según 
la magnífica expresión de Víctor Hugo. 

El Antiguo Testamento es hermosísima galería 
de historia, de imágenes, de caracteres, de escenas 
que nos representan el crepúsculo de la mañana con 
sus varios matices y la salida del sol con su esplen- 
dor soberano. 

Aunque no se viera en el Antiguo Testameento 
sino una colección literaria poético-profana de los 
tiempos pasados, si se la estudia con celo y amor, 
es decir: sin ánimo prevenido, de seguro, no podrá 
menos de admirarse la belleza sobrenatural que la dis- 
tingue y la aisla, por decirlo así, del universo lite- 
rario. 

Las primeras narraciones acerca de la Creación, 
los himnos hebraicos y casi todos los nombres de los 
objetos que nos son conocidos, fueron, indudablemente, 
inventados y formados bajo la primera impresión 
producida por el espectáculo de la Naturaleza en el 
hombre, poseedor ya de la más sorprendente maravi- 
lla :— del lenguaje, que le fue revelado por el Eterno. 
Y ved ahí el nacimiento de la poesía hebrea, la más 
antigua dé cuantas forman el acervo de las letras hu- 
manas. 

El dogma de un Dios único, eterno, providente, 
remunerador, al excluir el maniqueísmo, consagra la 
dignidad humana dejando al hombre dueño de sí pro- 



— 94 — 

pió, y por tanto responsable de sus acciones. Y el 
hecho mismo de ser la filosofía hebrea la primera en 
plantear por boca dé Job el problema del Mnl en con- 
traposición del Bien, prueba inequívocamente que la 
Ley Antigua, vinculada en el monoteísmo, abría cam- 
po ilimitado al progreso, como que llamaba y pedía las 
sapientísimas soluciones de la Ley de Gracia. 

La prevaricación del primer hombre, el consi- 
guiente castigo y la promesa de la rehabilitación, for- 
man la más poética, de laj trilogías, ya qué en ella 
concurren las tres minores potencias que puedan ima- 
ginarse, á saber:— Dios, la Naturaleza y el Hombre, 
para producir el perfeccionamiento de la humanidad, 
vinculado en el bien. 

Y todo el Antiguo Testamento descansa en esta 
que puede llamarse trípode sagrada, puesta sobre ver- 
dades misteriosas cuanto infalibles. 

No han sido pocas las traducciones que del Anti- 
guo Testamento se han hecho, á contar desde la lla- 
mada de Los Setenta, hasta la monumental de san Je- 
rónimo, quien, socorrido con la Hexapla del laborio- 
sísii3fio Orígenes y con las explicaciones orales de sa- 
bios judíos, llevó al cabo una obra cuya magna im- 
portaticia ponía temor en el tan bien templado espíri- 
tu del autor de La Ciudad de Dios, 

La obra de san Jerónimo demuestra que sus con- 
sultores estaban profundamente versados en la teolo- 
gía hebrea y en las ciencias que con ella se relacionan. 

En muchos pasajes reproduce, vertiéndolo, no 
sólo el texto hebreo, sino también las explicaciones 
que gozaban de más crédito en las escuelas judías. 

El trabajo de Orígenes á que se ha hecho refe- 
rencia era para el santo mar inagotable que se entra- 
ba en la versión de Los Setenta para acrecentarla y 
enriquecerla. 

«En la lengua j', dice Noldelke, ^conservó san 
« Jerónimo el sabor oriental que la antigua Vitlgata 



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«llamada ítala, había puesto á la moda, aunque esto 
«repugnaba á su gusto clásico, y traducía del texto 
«judío ordinario. Ni se cansa de expresar la admira- 
«ción que le inspira el texto hebreo, hebraica veritas, 
«como él dice." 

La traducción de san Jerónimo es una obra 
maestra; y la ciencia del santo tan célebre, que de 
él pudo decir con toda verdad san Agustín : — « Ningún 
«mortal sabe algo que Jerónimo ignore."